Pastor:Oscar ArochaIglesia Bautista de la Gracia, Republica Dominicana
Meditacion. Agosto 6/98
Texto: "Entonces vino palabra de Jehová a Isaías, diciendo: Jehová Dios de David tu padre dice así: He oído tu oración, y visto tus lagrimas; he aquí que yo añado a tus días quince años." (Isa.38:5).
Dios siempre oye la oración, pero las oraciones llenas de afectos y en especial mojada con lagrimas tienen una audiencia particular en el cielo; notese que el Señor le dijo: "He oído tu oración, y visto tus lagrimas". Es nuestro deber y necesidad clamar a Dios cuando se nos estreche la vida, tal como hizo aquí Ezequías y podrá suceder que El envíe a uno de Sus ministros para que sea nuestro consolador y nuestro médico.
Ezequías cuando oró se limitó a decir al Señor que durante su vida se entregó a serle agradable y que ahora en su muerte, cuando el sentido de debilidad se hace más pronunciado, él quería también seguir siendo suyo, como si hubiese dicho: Si yo vivo o muero que sea para ti. El había hablado solo de su integridad, no obstante Dios le hace abundante promesas: "He aquí que yo añado a tus días quince años" (v4), lo cual implica que también sería sanado de su mal; es la única vez en las Escrituras que un hombre conoce la fecha precisa de su muerte con tanta antelación, y siendo un hombe justo, de seguro que haría buen uso de tal extraordinario conocimiento, no todo el mundo esta capacitado para pre conocer asuntos de esta naturaleza.
Hay otras dos promesas, su liberación personal de los enemigos, y la liberación de Jerusalén: "Y te libraré a ti y a esta ciudad, de mano del rey de Asiria; y a esta ciudad ampararé" (v6). Al considerar esta promesa uno se pregunta el porque Dios la agregó al rey. La respuesta es porque las lagrimas de Ezequías no solo fueron por causa de su enfermedad, sino porque su corazón se entristeció pensando la situación de Jerusalén si él moría, pues todas las reformas podían perderse: "El quitó los lugares altos, y quebró las imágenes, e hizo pedazos la serpiente de bronce que había hecho Moisés, porque hasta entonces le quemaban incienso los hijos de Israel" (2 Re.18:1-4); quitó la idolatría e instituyó la verdadera adoración. La causa de su dolor fue su amor a Dios y a Su Iglesia.
Para abundar la idea véase: "Vuelve y di a Ezequías, el soberano de mi pueblo: "Así ha dicho Jehovah, Dios de tu padre David: He oído tu oración y he visto tus lágrimas. He aquí, te voy a sanar; al tercer día subirás a la casa de Jehovah. Añadiré quince años a tus días, y libraré a ti y a esta ciudad de mano del rey de Asiria. Defenderé esta ciudad por amor a mí mismo y por amor a mi siervo David" (2 Re.20:5-6), nótese que entre las promesas el Señor le dijo: "Al tercer día subirás a la casa de Jehová"; esto es, que Dios tiene un amor muy especial por aquellos que aman Su Iglesia. Una de las cualidades que tienen aquellos a quienes Dios cuida con marcada ternura en la hora de la muerte, es que ellos aman la Iglesia de Cristo, la habitación donde el Nombre del Creador es adorado.
Hay un hecho muy destacable en nuestro relato del amoroso cuido que Dios tiene sobre sus hijos a la hora de la muerte, que manifiesta Su poder para dar satisfacción a la fe de sus siervos fieles: "Y esto te será por señal de parte de Jehová, que Jehová hará esto que ha dicho" (v7-8). Hubiese sido suficiente la misericordia que le concedió, con todo y eso le agrega una señal para estimular su confianza. Ese día fue cuarenta minutos más largo que lo habitual.
Nuestro tiempo presente es ordinario, esto es, que Dios no nos dirá el tiempo de nuestra muerte como lo dijo a Ezequías, pero sí nos ha dado fe para que veamos la realidad de la muerte, y que esta verdad influya sobre nuestra conducta, y esto por causa del amoroso cuido que el tiene para con sus hijos.
Si tu eres un buen hombre no podrás deleitarte en tu prosperidad, a menos que también veas prosperar la Iglesia. Por eso Dios le prometio a Ezequías que no solo le prolongaría su vida, sino que también habría de concederle ser testigo gozoso al ver el bien de la Iglesia. La idea de imaginar a Jerusalén sitiada entristeció el corazón del rey.
Entonces, no será un verdadero hijo de Dios, quien no ame la Iglesia, la congregación de los comprados por la sangre de Cristo. Los que nacieron en Santiago aman a Santiago, y como todos los Creyente, en una manera o en otra nacieron en la Iglesia, por necesidad aman la Iglesia. Amen.