A los dos años yo era una niña llorona, pero llorona de verdad. Cada vez que alguien me tocaba, yo lloraba de dolor. Tenía las amígdalas infectadas y esta condición estaba afectando todo mi cuerpo. Me llevaron a un hospital que estaba cerca de un puente. (No recuerdo nada del hospital, pero tengo un claro recuerdo de luces espaciadas en curva ascendente.) Los doctores extrajeron mis amígdalas y nunca he tenido otro motivo de estar en un hospital hasta los 61 años. (Aún nuestros tres varones, Juan, Esteban y Felipe nacieron en casa con la asistencia de una obstetriz).
Pero entonces ¡BLAM! Un camión trailer embistió el ómnibus en que viajaba por la carretera Panamericana Norte en la recta que precede a la curva del Cerro Chilco, unos veinte kilómetros antes de llegar a Pacasmayo, aquí en el Perú. Peregriné de hospital en hospital hasta aterrizar en el aeropuerto Jorge Chávez desde donde me trasladaron al Centro Médico Naval del Callao donde un equipo de traumatólogos me esperaba. Uno de ellos me preguntó: Y, señora, ¿Cómo está Ud.? A lo cual respondí, Muy bien, ¿y Ud.?
Ahora le pregunto, estimado lector, ¿Cómo puede una señora responder así cuando está desangrada, tiene fracturas de seriedad en el brazo, la mano, los dedos, el muslo, la rodilla, la pierna y el pie, y un dedo del pie ha sido triturado?
Siendo que se trata de mi persona, responderé: Estaba en paz con Dios, rodeada del amor de los míos y en manos de doctores dedicados y competentes. Con mi confianza puesta en Dios, me salieron las palabras: "Muy bien, ¿y Ud.?"
Más o menos a las cinco y treinta de la tarde del 8 de Junio, mi amiga Lucha de Quispe y yo llegamos a la agencia de transporte "Vulkano" en Trujillo, para esperar el ómnibus que saldría con dirección norte a las seis de la tarde. Miramos a nuestro alrededor y saludamos a varios conocidos. Los de nuestro pueblo, Pacasmayo, frecuentan esta línea cuyos ómnibus salen cada hora para Chepén (Pacasmayo está en el camino). Habíamos pasado un día agradable en Trujillo, hecho nuestras compras, visitado a nuestros hijos, acompañado a Sara, una hija de Lucha, al doctor y ahora estábamos camino a casa.
Al fin subimos al ómnibus con nuestras cosas: dos canastas, una bolsa y un salchichón de mortadela. Ocupamos los asientos 17 y 18. Recuerdo claramente la prisa con que llegó el último pasajero, un instante antes de que partiera el ómnibus.
Pasamos una hora del camino conversando tranquilamente. Nunca olvidaré lo que Lucha me contó en cuanto al sueño que tuvo unos días antes. Soñó con una señora que le estaba contando sus problemas. En su sueño Lucha le dijo que Dios podría ayudarla a solucionarlos, pero la señora rechazó esa idea. Yo sugerí que Lucha fuera a visitar a la señora para intentar conversar con ella en cuanto al evangelio.
Repentinamente el ómnibus empezó a trepidar de manera alarmante. Entró el pánico en los pasajeros y empezaron a gritar histéricamente antes del choque. Todo lo que recuerdo del instante del choque fue un solo ¡BLAM! que más parecía una explosión que un choque. (Después llegué a saber que lo que chocó con nosotros era un camión trailer).
Al sentir el temblor del ómnibus antes del choque, parece que Lucha se puso de pie, lo cual posiblemente le salvó la vida. Ella salió despedida por la ventana. Parece que su asiento me golpeó todo mi lado izquierdo antes de quedarse doblado a mi lado. Me causó múltiples fracturas de importancia en mi brazo, pierna y pie izquierdo. Yo me quedé apoyada contra ese asiento con el brazo izquierdo, a escasos centímetros del piso.
Al mirar a mi brazo, vi que terminaba cerca de la muñeca con un hueso partido sobresaliendo. La mano colgaba a lo largo del brazo.
Yo pensé que Lucha estaba aplastada debajo del asiento.
A los que entraron para auxiliar a los heridos les rogué, "Por favor, saquen ese asiento, hay una señora debajo." La tercera vez que les supliqué, alguien movió el asiento, en el que yo estaba apoyada, y en vez de caer al suelo, como temía, descubrí que había estado ya casi en el suelo.
Mientras tanto habían ocurrido varias cosas. Primero, miré a mi brazo izquierdo que terminaba en la muñeca. Ví un coágulo. No sentía dolor.
Pero me di cuenta que iba a ser sumamente difícil rescatar a la gente con tantos bultos en el camino. Entonces con la mano derecha empecé a pasar los bultos por la ventana.
en eso sentí un ardor terriblemente intenso en el pie. Al intentar rescatar el pasajero del asiento 14, delante del mío, se apoyaron en ese asiento, que había sido arrancado por la fuerza del choque, y un fierro puntiagudo trituró un dedo de mi pie izquierdo (esta es la herida que más ha atrasado mi recuperación.)
Entonces el señor que estaba laborando más eficazmente en el rescate, con otra persona, me levantaron cuidadosamente y me depositaron en la parte trasera del ómnibus sobre un montón de aserrín. Los asientos de ese sector habían reventado expulsando el relleno de aserrín.
Como ya eran las siete y treinta de la noche, no ví nada del cuadro horrible de la parte delantera. Pero, si ví un hueso que sobresalía por entre la tela de mi falda. Su apariencia era casi idéntica al hueso de la mano. Entonces estaba consciente de tener tres fracturas: mano, rodilla y pie. Pero por la misericordia de Dios no me dolían y no pensaba mucho en ellas. Más pensaba en Lucha y en lo que sería de ella.
Más tarde varios hombres hicieron una camilla de una cortina o algo así y me acomodaron en el segundo asiento de una camioneta. Me di cuenta que llevaron otra señora en la parte de atrás pero no sé quién era.
Pasando por San Pedro decidieron llevarnos a la Clínica de Maternidad, pero allí dijeron que recibiríamos mejor atención en el hospital de Pacasmayo.
Al llegar al hospital de Pacasmayo ya habían llegado varios accidentados y muchos pacasmayinos a preguntar por sus familiares. Como otros heridos habían llegado antes que nosotros, ya no había camillas disponibles. Me sacaron de la camioneta con asiento y todo.
Me preguntaron por mi número telefónico, 2765. Oí que llamaron, alguien contestó y le informaron del accidente. entonces preguntaron por el número telefónico de la persona que estaba detrás de mí y contestó, 2766. ¡Lucha! ¡Qué alivio!
Allí nos entablillaron los miembros fracturados para poder enviarnos a otro hospital. Yo estaba perdiendo sangre y mi presión sanguínea estaba bajando, de manera que me pusieron sueron.
El doctor Buchelli pasó por allí y al verme dijo, "Señora de Polo, no se preocupe. Yo mismo la voy a llevar al hospital de Chiclayo tan pronto como hayamos hecho todo lo que se pueda hacer acá."
En esto llegaron mi esposo y el señor Llacza. Más allá vi al esposo de la señora Lucha. Comprendí que el teléfono del hospital estaría ocupado por largo tiempo y que mi esposo me acompañaría a Chiclayo. ¿Quién avisaría a los hijos? Entonces pedí al señor Llacza acercarse y le pedí llamar a nuestro hijo Juan, para informarle del accidente. Juan se encargaría de informar a sus hermanos Esteban y Felipe que por otros motivos estaban en ese momento viajando a Lima.
Siendo que el accidente fue violentísimo, bloqueó por completo el camino a Trujillo. Por eso habían decidido evacuarnos a Chiclayo. Pero en el momento de partir de Pacasmayo oí decir que ya estaba abierto el camino a Trujillo. Y, es así que Lucha y yo, sin habernos visto cara a cara, nos separamos nuevamente. Yo fuí llevada al hospital del Intituto Peruano de Seguridad Social de Chiclayo y ella al similar de Trujillo.
Como ya hice referencia, el doctor Buchelli ofreció llevarme a Chiclayo y yo le esperé tranquilamente. Pero, no había recordado todavía quien era ese último pasajero que llegó con prisa... el radiotécnico Buchelli, el padre del doctor. Para ir a Chiclayo, el señor Buchelli y yo estábamos acostados y el doctor Buchelli y mi esposo acurrucados. El doctor sostenía la botella de suero para su papá y mi esposo sostenía la propia para mí. En los asientos delanteros iban unos sobrinos del doctor que según mi parecer sólo tenían heridas menores.
La sección de emergencia del hospital de Chiclayo había sido alertada de la llegada de varios accidentados de manera que los doctores y enfermeras ya nos esperaban. Tan pronto como ingresé un doctor me dijo, "Mamita linda, no se preocupe, yo la voy a operar." Me cortaron toda la ropa, tapándome con una sábana. También dijeron que no se podría entrar a la sala de operaciones con dientes postizos, ni aros, ni pendientes. Sacar la dentadura postiza fue comparativamente fácil, pero mi aro de matrimonio era otro asunto. Como considero que el matrimonio es para toda la vida, también he considerado que su símbolo, mi aro, era para toda la vida y nunca lo había sacado. Pesaba 45 kilos cuando fue puesto. Ahora, al querer sacarlo pesaba 71 kilos. Eso dió motivo para una escena tragicómica en que tres personas repitieron hasta el cansancio las mismas frases:
el doctor: Señoritas, la sala de operaciones está lista para la señora.
señoritas: Sí, doctor, estamos sacando el aro.
yo: Por favor, córtenlo. Me están haciendo daño. se puede repararlo después.
señoritas: No se preocupe, señora, ya sale.
Unos veinte minutos después salió el aro lastimando el dedo tanto que hasta el día de hoy está torcido, duele, y tiene tanta vergüenza que se esconde tras del dedo medio.
Después vino otra escena más interesante todavía. Fuí llevada a la sala de operaciones. En el momento de poner el aparato de anestesia a mi nariz,
La enfermera dijo: Doctor, no hay todas las cosas que yo sé que Ud. quisiera
utilizar...
El doctor respondió: Voy a entrar en ese cuarto por unos cinco minutos.
Cuando salga espero que todo esté listo.
La enfermera me dijo: Señora, la vamos a pasar a la cama.
Yo le pregunté: ¿Por qué?
Ella respondió: Así son los doctores.
Yo le pregunté: ¿Por qué me van a pasar a la cama?
Ella volvió a decir: Así son los doctores.
Ya le hablé en términos claros: Señorita, me trajeron aquí para ser curada.
¿Por qué me van a pasar a la cama?
Con una risa alegre me respondio: Señora, usted ya ha sido operada. Palpe
su brazo y sentirá el yeso.
La anestesia fue tan eficaz que yo no supe nada después de la primera inhalación. Imaginé que el médico se había disgustado de tantos contratiempos y había decidido no operarme. Y la enfermera me siguió la corriente.
En eso me dí cuenta de algo que me mortificaba: el brillo del cielo raso blanco. Desde la niñez el brillo me hería los ojos y me gustaba caminar en la sombra. Ahora a los sesentiún años usaba lentes fotogrey para leer y para caminar. Y aquí estaba postrada, cara al techo. Pasé mucho tiempo con los ojos cerrados.
Otras personas a veces pensaban que yo estaba dormida cuando sencillamente evitaba que la luz me hiciera daño.
La cama a la que me pasó la enfermera estaba en un salón grande dividido por cortinas. Eramos hombres y mujeres, casi todos del mismo accidente. Creo que todos estábamos recibiendo suero y había que correr la cortina cada vez que debíamos atender nuestras necesidades corporales. Pero, por lo general, las cortinas estaban abiertas y conversabamos entre los accidentados. Las visitas familiares de uno animaban a los demás por ser también conocidos nuestros.
Yo recuerdo especialmente a don Alejo. Las visitas de su señora y sus hijos mellizos me alegraron también.
Llegó mi esposo y me entregó mis dientes. También llegaron Justo y Lilí Castañeda, amigos residentes en Chiclayo, quienes me trajeron una bata y ropa interior. El día siguiente llegó desde Trujillo Will Polo trayéndome dos libros. Como estaba sin lentes los entregué a mi esposo (no me imaginaba lo largo que sería el período de recuperación en que a veces me faltaría material del lectura).
La primera noche mi esposo pasó con Justo y Lilí pero en el día regresó a Pacasmayo para traerme algo de ropa. Nadie imaginaba cuántos meses pasarían antes de que vistiera ropa de calle nuevamente. Llegó mi hijo Juan desde Lima y también me visitó mi amiga María Soledad Ramírez, quien estaba trabajando en Chiclayo.
El segundo día los empleados del hospital nos informaron que solamente estábamos allí en calidad de emergencia y que tendríamos que desocupar las camas siendo que todos eramos del departamento de La Libertad y estábamos en un hospital de Lambayeque.
Cada familia se ocupó de hacer sus planes y arreglos. Juan ya estaba tramitando mi traslado al Centro Médico Naval del Callao y estoy sumamente agradecida por la minuciosidad con que hizo los arreglos. Me quedé en el hospital de Chiclayo hasta que el avión para Lima había aterrizado (sin embargo, el plan casi falla porque en ese momento no estaba la ambulancia en que pensaban llevarme). Pero un amigo ofreció llevarnos en su camioneta. el avión nos esperó y tan pronto como la camilla estaba asegurada en su sitio, despegamos. La aeromoza colocó una almohadita muy cómoda trás mi cabeza y Juan, en vez de quedarse en su asiento, vino a sentarse en el borde de la camilla, tomándome de la mano. Alguien le preguntó si era mi médico. Pensaba que estaba controlando mi pulso.
El viajo fue perfecto, sin ningún contratiempo. Al aterrizar subió Felipe con un ramo de rosas. Al bajar del avión vi a Mercedes Valqui quién también había venido a saludarme.
La ambulancia del Centro Médico Naval estaba esperándonos (después llegué a saber que la ambulancia estaba allí gracias a la perseverancia de mi nuera Milagros, esposa de Juan). Al llegar al Centro Médico Naval nos encontramos con Milagros y con Jenny, mi otra nuera, esposa de Felipe. Ellas habían ido para hacer los arreglos con el hospital. Al ingresar por Emergencia, un equipo de médicos, encabezados por el médico traumatólogo Murata, estaban preparados para examinarme y operarme.
Uno de los médicos me preguntó: Señora, ¿Cómo está Ud.?
A lo cual respondí: Muy bien, gracias. ¿Y Ud.?
Parece que les llamó mucho la atención mi respuesta. Pero no fue premeditada. Sencillamente cuando uno confía en Dios está bien, aunque el cuerpo esté quebrantado.
Después del examen preliminar, lo primero que hicieron fue cortar los puntos y romper el yeso que me habían colocado en Chiclayo. Me explicaron que en fracturas del tipo que yo había sufrido la herida estaba contaminada a los cuarenta minutos de exposición al medio ambiente. Como mis heridas estuvieron expuestas varias horas antes de que me operaron en Chiclayo, los médicos del Centro Médico Naval no podían garantizar que la limpieza anterior fuera perfecta, así que un médico, creo que fue el doctor Murata, se puso a romper el enyesado de mi brazo. ¡Qué enyesado! Estaba como piedra. Mientras tanto, otro médico se ocupó en buscar una de mis venas para inyectarme suero. Nunca fue fácil encontrar mis venas. Lo sé porque doné sangre en varias ocasiones.
Así que era como un concurso saber quién terminaría su trabajo primero, el que rompía el yeso o el que buscaba la vena. Bueno, al fin terminaron los dos y me condujeron a otra sala para tomarme radiografías, empujando la camilla en que yo estaba de acá para allá para poder enfocar el aparato de rayos X, que era estacionario, porque consideraron que mi condición era de tal gravedad que no deberían moverme a mí.
No recuerdo nada más hasta que el día siguiente estábamos llegando a la puerta del cuarto 402, de la Clínica de Familiares del Centro Médico Naval que sería mi residencia por seis meses y medio.
Al llegar frente a la puerta, el doctor Murata dijo, "A ver cómo la reciben acá."
El tono en que lo dijo me alarmó un poco porque sentí como si estuviera violando la privacidad de otra persona. Pasé la mayor parte de los dos día siguientes con los ojos cerrados. Además de haber entrado en un cuarto ya habitado, lo hice con un tremendo aparato que mantenía mi pierna en alto, semejante a una montaña rusa.
La ancianita de la cama contigua (era cuarto para dos pacientes) se había resbalado y roto la cadera. Su salud era un poco precaria y además de su medicina tuvo que recibir inhalaciones y oxígeno en varias ocasiones.
Hablando de inhalaciones, a mí también me las administraron. Parece que durante las operaciones de emergencia, mis bronquios ronroneaban, aun estando yo anestesiada. Luego, el doctor me preguntó si sufría de los bronquios y si había tenido asma. Le confirmé que hace unos dos años un problema bronquial casi llegaba a asma. Cuando me preguntó qué medicamento había usado le dije que Salbutol. "Muy bien," me dijo "le vamos a hacer un tratamiento de nebulizaciones se acabó mi proceso bronquial por seis meses.
Pronto nos hicimos amigos con los familiares de la anciana y ellos nos orientaron en muchas cosas. Además ayudaron a mis hijos a encontrar las medicinas recetadas. Muchas veces tuvieron que ir a seis o siete farmacias antes de conseguir todo lo necesario para una operación. Eso se repetía antes de cada operación.
Poco a poco fuí orientándome y adaptándome a la vida del hospital. Pronto descubrí que mi recuperación dependía principalmente de tres personas, activamente apoyadas por tres más. los doctores directamente responsables de mi caso eran: el doctor Murata, que me operó la primera noche; el doctor Garay, jefe de traumatología quién hizo muchas otras operaciones y vigilaba contínuamente mi desarrollo y recuperación, y el doctor Gorbitz que colaboraba con los otros.
Por otro lado los jefes de la Clínica Familiar: el doctor Repetto, el doctor Palomino y la señora Irma (jefe de las enfermera), tenían la responsabilidad de velar por el bienestar general de todos los pacientes de la Clínica. Sentí el apoyo decidido de todos ellos desde el primer instante.
A los pocos días de mi hospitalización, una mañana cuando "mis" traumatólogos estaban al pie de la cama entró el doctor Repetto, jefe del piso. Se les acercó y les dijo, "Disculpen si no es conveniente lo que les voy a sugerir. Me doy cuenta que la señora va a estar largo tiempo tendida en la cama. Si desean, le puedo conseguir un colchón de aire para qe esté más cómoda."
Los traumatólogos agradecieron su gesto pero tuvieron que rechazarlo porque yo debería estar inmovilizada y para eso el colchón normal era más apropiado. Yo también agradecí este gesto y muchos más en que hicieron lo posible para hacer más llevadera mi estadía en el hospital.
Aunque no pude tener el colchón de aire, sí tenía algo que contribuía a mi comodidad. No sé en qué momento me di cuenta que la linda almohadita del avión me había acompañado en toda mi trayectoria y allí estaba debajo de mi cabeza. era liviana y sumamente cómoda. La apreciaba bastante.
Seguía con problemas a causa de la blancura del cielo raso. Milagros me prestó lentes oscuros. Después mi esposo logró rescatar y enviar mis lentes para ver de lejos y me midieron la vista para conseguir lentes de lectura. Pero los primeros destellos me habían irritado los ojos tanto que usé lentes día y noche por más o menos cuatro meses. No aguantaba la luz repentina en la oscuridad cuando las enfermeras entraban de noche, de manera que aún dormía con los lentes puestos.
Los doctores subieron al cuarto con frecuencia para hacer curaciones a las heridas que todavía estaban abiertas. No observé todo lo que hicieron (siempre bajan la cabecera de la cama para que el paciente esté completamente echado durante las curaciones y operaciones).
Un día, sin embargo, observé lo que ni sospechaba. en medio de una curación, vi una herida de la cual no había tenido conocimiento. Primeramente sacaron una tripa con que lo estaban drenando. Después destaparon la herida. En el muslo, a unos siete u ocho centímetros sobre la rodilla había un canal como si fuera para que pasara la cañería por allí. En lo que estaba a la vista, el interior de la herida se parecía a los puntos de los fideos tallarines cuando abre el paquete. Aparentemente el brazo de mi asiento se había incrustado en mi pierna.
Así que hicieron varias curaciones a las heridas de mi pierna y pie antes de hacer las operaciones definitivas. Los médicos afirmaron que las cosas hechas con paciencia salen mejor. Siempre dejaban por lo menos deiz días entre una operación y otra.
Para cada operación había hasta tres recetas: una para medicinas, otra para cosas (clavos, placa, gasa con yeso, etc.), y la última receta para la sección de anestesiología. Cuando digo la "última receta" lo digo en el sentido literal porque siempre llegaba al último, a veces después de que mis hijos habían trajinado todo el día yendo de farmacia en farmacia hasta completar lo que pedían las otras recetas.
Pero llegó el verdadero colmo la vez que presentaron la receta de los anestesiólogos a las once de la noche para una operación programada para las ocho de la mañana. El teléfono de Juan y Milagros estaba fuera de servicio desde hacía varios días. Pero esa mañana yo había tenido la grata sorpresa de una visita de Felipe y Jenny. Felipe había venido desde Trujillo por asuntos de su trabajo y Jenny lo acompañaba. Jenny pasó el día conmigo. Después Felipe vino a recogerla y mencionó que estaban quedando en el Hotel Savoy. Así que tuve que decir a la enfermera, a las once de la noche, que llame al Hotel Savoy, pregunte por el señor Felipe Polo y le informe que había una receta con todo lo que pedían los anestesiólogos y que la operación era para las ocho de la mañana.
Recuerdo un día en que anunciaron que me operarían el dia siguiente. Apareció el letrero AYUNAS en la puerta. Una auxiliar me pidió una GILLETE. No sabíamos para que era, pero consiguieron una hoja de afeitar marca Gillete. entonces una auxiliar dijo que era para afeitar el área que iban a operar. Me reí al preguntarle qué iba a afeitar si yo soy prácticamente lampiña. Ella miró mi pierna y rodilla y dijo, "Verdad, ¿no?", y guardó la hoja de afeitar.
Bien, la mañana siguiente, cuando me estaban llevando a la sala de operaciones, un médico salió de la sala donde ellos se alistan para operar y me preguntó: "Señora, ¿sabe Ud. de qué la vamos a operar hoy?"
Respondí: "Sí, doctor, de la rodilla y del pie."
"No, señora," contestó el médico. "Solamente del pie. Le van a sacar radicalmente los huesos del segundo dedo del pie."
¡De manera que la auxiliar iba a afeitarme por encima de la rodilla en preparación para una operación del pie!
Durante todo este tiempo yo estaba metida en mi "montaña rusa". Deberían haber visto la cara de la gente que esperaba el ascensor cuando la puerta se abría y se daba cara a cara con los fierros, porque con cama, fierros y todo me bajaban para cada operación o radiografía. Ya estaba hartándome de mi "montaña rusa" porque mi cuerpo siempre se deslizaba lentamente en la cama hasta tener el fierro central metido entre las piernas. Pero como el doctor me dijo que no necesitaría este aparato después de la operación de la rodilla, yo ansiaba que llegue el día en que me operarían. Y de verdad, regresé de la operación sin el aparato.
Después de esa operación me dejaron varias horas en la sala de recuperación. Tan pronto como me dí cuenta donde estaba pedí "mis lentes y mis dientes".
Tenía la garganta completamente seca por efecto de la anestesia. Por eso pedí agua. Me dijeron que no podía tomar agua. Insistí y me dijeron que lo más que podrían hacer era poner una gasa húmeda en mis labios. Les agradecí, pero se secó y pedí otra. También se secó y pedí otra. No era fácil pedir porque la sala era enorme, casi no se veía personal, y yo estaba completamente echada en la cama, sin almohada. Pero de todos modos logré hacer conocer mi necesidad la tercera vez. Al ponerme la gasa en los labios esta vez la señorita dijo: "Señora, ¿no podría dormirse? Son las dos de la mañana." Así que quedé chitoncita esperando que me saquen de allí.
Pero tuve otro problema esta vez. Me atormentaba mi espalda. Siempre he tenido la espalda arqueada. Ahora, de alguna manera me habían echado plana sobre la cama de manera que la parte de mi espalda que siempre quedaba en alto estaba tocando la cama y me mortificaba. No logré explicar mi problema a la enfermera, pero en eso se acercó uno de los traumatólogos. En el momento en que le conté mi problema, metió su brazo tras mi espalda, lo arqueó y me sentí aliviada.
Durante los primeros meses las enfermeras y las auxiliares tuvieron que gastar mucho tiempo en atender mis necesidades. Recibí tanto suero que probablemente aumenté de peso. Era un trabajo de titanes cambiar la ropa de cama haciéndome rodar lentamente de un lado a otro cuidando el brazo que estaba conectado con el suero, moviendo el brazo enyesado que debe quedar en posición con la mano sobre el corazón y de alguna manera aliviando el peso de la pierna que estaba metido en el aparato. Cuando ya quitaron los aparatos, el trabajo se hizo más arduo para ellas porque tenían que pasarme al sillón en la mañana y devolverme a la cama en la tarde. Eso era trabajo para unas cinco personas y no siempre era fácil encontrar cinco mujeres con fuerza y voluntad para hacerlo. A veces tuvieron que pedir auxilio a algún varón. Recuerdo que unas veces pidieron la ayuda de Edgar, el encargado del pulido del piso del pasillo, otra vez al técnico del piso y aún a los hijos de mi compañera de cuarto. Eran escenas indescriptibles en que a veces reímos a mandíbula batiente por los incidentes ocurridos pero yo me sentía muy responsable del esfuerzo físico que hicieron en mi favor.
Una vez una enfermera decidió usar más maña que fuerza. Apoyó sus pies en la baranda de la cama... la baranda se rompió y ella cayó encima de mí. No me hizo ningún daño pero la próxima vez que la ví ella estaba cojeando.
Las enfermeras, las auxiliares y yo tenemos seis meses y medio de recuerdos atesorados. Por mi parte si tuviera que expresar en una palabra la actitud de ellas hacia esta paciente, diria "amabilidad". En todo momento, aún para cambiar la ropa de cama a las tres de la mañana, se mostraron amables.
Mientras tanto estaba acompañada y servida por Juan, Esteban, Felipe, Milagros y Jenny (hijos y nueras). Durante casi dos meses ellos dieron gran parte de su tiempo para estar a mi lado. Después Esteban, Felipe y Jenny tuvieron que regresar a Trujillo, y sus escapaditas a Lima eran escasas. Juan y Milagros seguían apoyándome en todo. Pero ya mis necesidades no eran tantas y ellos tuvieron que ocuparse de sus asuntos. Como tenía un teléfono a mi lado, podía avisarles de cualquier necesidad apremiante y ya no vinieron diariamente al hospital.
Recuerdo claramente la primera tarjeta que recibí. Diana Schroeder me la mandó desde los Estados Unidos. Afuera tenía un lindo gatito y el texto decía:
Traigo noticias buenas y noticias malas.
Primeramente, las malas noticias.
Se equivocaron, mandaron tus radiografías a una clínica veterinaria.
Ahora, las buenas noticias.
Pronto saldrás gateando.
Después de esta primicia llegaron más y más tarjetas que pusimos al pie de la ventana y eran la delicia de las enfermeras, auxiliares y visitas.
Anteriormente había oído a enfermos hablar de la gran cantidad de inyecciones que habían recibido y que llegó el momento en que era difícil encontrar dónde hacerles las nuevas inyecciones. Bueno, gracias a Dios y a las técnicas modernas, no tuve que recibir tantos hincones aunque sí, muchas inyecciones. ¿Cómo era eso? Siempre que estaba con suero, algunas medicinas fueron vertidas directamente en el suero. Las demás fueron inyectadas a un ingenioso aparatito "mariposa" que permitía que la inyección pasara por la misma aguja donde fluía el suero.
También descubrí una manera fácil de tomar la medicina oral. Desde los primeros días encontré que me era mucho más fácil tomar mi té, café o jugo por medio de un sorbete que levantando la taza o vaso a mis labios. Entonces, cuando me desconectaron del sueron dándome pastillas o cápsulas también las pasé tomando un sorbo de agua con sorbete. Las cápsulas siempre pasaron con el primer sorbo.
Necesitaba urgentemente escribir algunas cartas pero seguía con la mano izquierda enyesada y la derecha conectada a la botella de suero. Entonces, en medio de la rutina del hospital compuse mis cartas mentalmente y cuando Milagros llegaba me servía de secretaria, tomando dictado, en castellano y en inglés.
Tuve muchas horas a solas en que meditar sobre los valores de la vida. Además de cartas, tuve muchos pensamientos que compartir con mis amigos y mis hermanos en la fe de nuestro Señor Jesucristo. Pero estos pensamientos se quedaron cristalizándose en mi mente hasta que dejaron de darme suero y, por eso al fin tuve la mano derecha libre.
Milagros me trajo un lapicero y un cuaderno, pero descubrí que el dedo que me torcieron en Chiclayo me hacía arrastrar la mano tanto que el lapicero no funcionaba bien. Quedé triste. Quise plasmar en papel el fruto de mis meditaciones pero mi mano no me ayudaba. Al fin, una buena señora, hija de otro paciente me regaló un lápiz y escribí:
¡Al fin, un lápiz! ¡Qué suave!
En seguida, con el lápiz escribí:
¡La vida! ¡Qué maravillosa! ¡Los recuerdos de mi niñez! ¡Mi perrito Pal! Paseos al Forest Hill Park y al Camdem County Airport con mi hermano Lincoln. Estudiando, vendiendo revistas, patinando, armando rompecabezas, manteniéndose entre las cuatro primeras alumnas en toda la primaria. Las otras eran Catherine Anderson, Dorothy Bradford y Jeanne (no recuerdo su apellido). No había rivalidad entre nosotras sino que éramos cuatro amigas a las que les gustaba estudiar.
Llegó la juventud con algunos problemas. En medio de los problemas surgió una amiga, Grace Urban, que bondadosamente me llevó a conocer a su familia y me invitó a asistir a la Rosedale Baptist Church donde ella cantaba en el coro. ¡Qué gente tan simpática, los evangélicos! A las dos semanas de asistir a esa iglesia, me identifiqué plenamente con ellos aceptando al Señor Jesucristo como mi único y suficiente Salvador! ¡Cómo aumentó el valor de la vida para mí!
Pasaron los años entre estudios y trabajos, trabajos y estudios, y muchas experiencias maravillosas, incluyendo mi llegada al Perú. Pasaron los años y ocurrió lo inesperado: nos enamoramos Octavio Polo Briceño y yo. Teniendo la seguridad que Dios nos guiaba, nos casamos, y la vida se hizo más rica.
Nació Juan, la vida rebozaba.
Nació Esteban, la vida mostraba nuevos matices.
Nació Felipe, completando cabalmente el círculo de la familia.
¿Cuánto vale la vida? Infinitamente más de lo que podemos expresar.
Pero hay que vivirla intensamente, atesorando los buenos momentos, haciendo frente decididamente a los problemas con la ayuda de Dios. Para mí el vivir es Cristo, mas el morir es ganancia. Será maravilloso estar en el cielo cuando El nos llame. Mientras tanto seguiré viviendo animosamente, aceptando el desafío que traen los problemas de esta vida, con la ayuda de dios. Entregué mi vida al Señor en 1945 y mi fe no ha vacilado nunca.
Unos días después escribí lo siguiente:
Desde que entregué mi vida al Señor a los dieciocho años he tenido bendiciones y pruebas. Pero en ninguna prueba, incluyendo la de ahora, he sentido la necesidad de reclamar ¿Por qué?
Dios me ha otorgado Su paz en medio de grandes pruebas y mi oración más típica ha sido, "Dios mío, Tu sabes todas las cosas. Que el resultado final de esta prueba sea para Tu gloria."
No me importa tanto el ¿Por qué? como el ¿Para qué?
También reflexioné sobre algunas acciones mías en momentos en que había que decidir:
¿Vale más agacharse a recoger una moneda caída o alcanzar el ómnibus escolar que está para partir? Dejé la moneda para alguna compañera de estudios que viviera cerca del colegio.
¿Vale más unos I/.10,000 de cosas compradas en Trujillo o la vida de los pasajeros heridos? Ayudé a botar las cosas por la ventana para que no sean obstáculo en el rescate de los heridos... y, por increíble que parezca, muchas cosas mías y de Lucha se salvaron y fueron entregadas a nuestros respectivos esposos.
¿Vale más el aro matrimonial o el dedo? En 29 años no me había sacado el aro, era el símbolo de nuestro matrimonio, de mi derecho a tener hijos, y un hogar. Valía mucho para mí. Pero se puede reparar un aro, no así un dedo. Les rogué que corten el aro pero no mi hicieron caso. En 20 minutos de forcejear me dañaron tanto el dedo que está torcido hasta ahora.
¿Y mi moño característico? Ya no lo verán más. No valía tanto como la limpieza y el cuidado del pelo.
¡Tengo tantos amigos y tantos hermanos en Cristo que me estiman! Me dí cuenta que algunos de ellos quedaban confundidos al saber de mi accidente. Cuando al fin logré escribir con letra más clara y volver a manejar el lapicero pude copiar en limpio los anteriores pensamientos y enviarlos a la congregación en Pacasmayo con la esperanza que mis reflexiones pudieran servir de aliento a mis hermanos en Cristo. Y, para alentar a mis amigos los he copiado aquí.
Poco a poco me iba dando cuenta de las muchas cosas secundarias que hicieron para mí en la sala de operaciones además de la operación principal cada vez.
Por ejemplo, la primera noche, en la sección de emergencia, me colocaron el aparato para mantener mi pierna en alto para ayudar a la circulación que de otra manera podría haberse interrumpido. Además, me colocaron una sonda para la eliminación de la orina. Unos veinte días después, en otra operación, me sacaron esa sonda y me colocaron una sonda nueva para evitar la infección. Así que pasaron unos cuarenta días antes de que yo tuviera que velar conscientemente por mis necesidades. Pero después... por largo tiempo yo era la bebita del piso a quien había que cambiar los pañales con frecuencia.
También en el accidente los dedos de mi mano izquierda quedaron bastante afectados. Los dos últimos dedos tenían hundido el falange que los une a la mano. En la hora de la operación a la mano pusieron un clavo temporal en cada uno de esos dedos. Me lo dijeron y me imaginaba un clavo rígido de 1 1/2 o 2 centímetros. Pero, tiempo después, la noche que subieron a mi cuarto para sacar los clavos, resultaron ser de material ligeramente flexible, como de nylon, de unos seis o siete centímetros de largo. Habían sido colocados a todo lo largo del dedo, ayudándole a sanarse en la posición más normal posible. Si no hubieran hecho esto, no estaría escribiendo a máquina en este momento. Cuando miro a mi pobre meñique torcido pienso en cuánto peor habría sido si no hubieran colocado el clavo.
Tengo que agradecer al doctor Murata y al doctor Garay por la forma en que vigilaron por mi restablecimiento cambiando un aparato por otro tan pronto como se dieron cuenta que mi cuerpo se recobraba suficientemente para adelantar el proceso de recuperación. ¡Con qué esmero el inolvidable técnico Pizarro preparó cada aparato! Yo recuerdo que el "Thomas Pierson Attachment" estaba forrado con piel de cordero para evitar que el roce irritara mi piel. Colgó una barra para poder ejercitar mis brazos y después un lazo de cuero para que agarrándolo pudiera pasarme hasta el borde de la cama para hacer ejercicios con mis piernas y pies y después volver a acostarme sin tener que pedir ayuda de los auxiliares.
Todo esto y mucho más hicieron mis doctores y el técnico para mí. ¡Cuánto les agradezco!
Jamás olvidaré al técnico Pizarro por otro incidente. Un día el doctor ordenó que cambiara el yeso de mi brazo. El nuevo yeso debe dejar libres el codo y los dedos. Así se hizo pero la mañana siguiente los doctores no estaban conformes con el trabajo hecho. Un doctor trazó una línea con lápiz a lo largo del yeso, encima del brazo. Otro doctor trazó dos líneas con su uña por los lados del brazo. Llamaron por teléfono al técnico Pizarro. Apenas habían salido los doctores cuando llegó el técnico con una sierra eléctrica. Empezando en la mano, fue cortando el yeso por la línea marcada con lápiz hasta el codo. Me tomó tan de sorpresa que no tuve tiempo para ponerme nerviosa pero en otra ocasión cuándo pensé que iba a hacer lo mismo, empecé a tartamudear. La verdad es que no hay peligro de que corten al paciente porque el brazo va bien forrado con algodón debajo del yeso. La sierra eléctrica corta el yeso pero se traba con el algodón. Pero, aún así, uno siente la brisa causada por la hoja cortante girando a alta velocidad a escasos milímetros de la piel.
El doctor había pedido una placa con tornillos para reunir y afirmar las partes dañadas de la rodilla.
Un día vino un grupo nutrido de traumatólogos. Después de examinar las heridas me confirmaron que la operación para la reconstrucción de la rodilla y la colocación de la placa estaba programada para el día siguiente. Necesitaban cuatro donantes de sangre, habría ayuno, enema, etc. Juan, Milagros y dos amigos de Juan dieron su sangre. Pero el día siguiente fueron pasando las horas de la mañana sin que me bajaran para la operación.
Como a las doce llegó un traumatólogo anunciándome: "Coma lo que quiera. ¡La operación ha sido postergada para el Jueves!"
Este fue el golpe más duro que había recibido hasta ese momento. Lo tomé muy en serio. Oré, "Dios mío, Tu sabes todo. ¡Cuida de mi salud y evita infecciones por dos días más!"
El hijo de mi compañera de cuarto se quejó al doctor Repetto porque fui sacada del rol de operaciones para ese día. Pidió que ni yo ni su madre pudiéramos ser sacadas del rol de operaciones del jueves.
Después vino el doctor Garay con todo el equipo de traumatología y le expresamos nuestras protestas enérgicas. Explicó que la operación que estaba programada antes que la mía duró más de lo anticipado. Y se definió que el jueves operarían para reconstruir la rodilla, cerrar la herida en el muslo y colocar la placa en mi rodilla.
Llegó el día de la operación. El doctor Garay había pedido la sala de operaciones para dos horas, pero la operación duró cuatro horas. Era extremadamente difícil. Según el doctor, "Encontramos cosas que no esperabamos".
Milagros vió al doctor Garay cuando salió de la sala de operaciones. Dice que estaba transpirando y fatigado. Sin duda, se aplazó la operación de otra paciente porque la mía duró tanto. Lamento haber reclamado cuando a mi me aplazaron.
¡Qué contenta estaba de estar libre de mi "montaña rusa"! Pero la ilusión no duró mucho porque el doctor Garay ordenó montar un nuevo aparato, más complicado, en mi cama. (Yo le llamaba mi circo.) Era un "Thomas Pierson Attachment", o sea un tipo de pinzas grandes controladas por pesas. Cuando yo jalaba la pesa del centro, que tenía forma de salchicha, la pesa de adelante y la pesa de atrás accionaban el aparato de manera que se elevaba el muslo y se bajaba la pierna, para flexionar la rodilla y evitar que quedara rígida.
El doctor Garay me enseñó varios ejercicios para fortalecer las piernas, que yo debería hacer en la cama tres veces al día. También al ir acortando el yeso de mi mano y brazo me enseñaba ejercicios para los dedos, la mano, la muñeca y el brazo. Más o menos a los dos meses y medio los dedos habían quedado libres del yeso... y tiesos. Su color era bueno, pero no tenían ni una arruga, carecían por completo de señal de nudillos y eran rígidos. Vino la rehabilitadora, la señora Dora, a doblar y estirar los dedos todos los días. Empezaban a moverse un poquito. No sólo eso, empezaban a moverse cada uno por separado, al ritmo de la música del radio Stereo Lima 100 que salía del pequeño receptor en la parte del cuarto.
La palma de la mano estaba encrespada y resistía abrirse. Tampoco tuve señal de la muñeca ni movimiento en ella. Después de muchos ejercicios, un día, inesperadamente, ví la palma de mi mano. ¡Qué júbilo!
Ahora la muñeca está formada otra vez y tiene casi la misma flexibilidad que la derecha para doblarse hacia delante o hacia atrás, o hacia la derecha o la izquierda y el brazo tiene la misma capacidad de girar que el derecho. Todo esto es resultado de tres meses de hidroterapia y seis meses de ejercicios, incluyendo el ejercicio de escribir a máquina seis páginas diarias de este libro.
Todo iba bien hasta que me dijo que debería ejercitar el brazo. Al querer hacerlo me di cuenta de un hueso largo que sobresalía en mi brazo. El día siguiente lo mostré al doctor diciéndole que no hice los ejercicios porque evidentemente el hueso estaba dislocado (con que frecuencia los pacientes nos alarmamos por falta de conocimientos).
Me aseguró que el hueso estaba en su sitio. Lo que faltaba era el músculo que debería forrarlo. Se había secado con dos meses de inactividad y era urgente que los ejercitara para restaurarlo. Y así se hizo.
El día que inconscientemente empecé a "dirigir", con movimiento de la mano y el brazo, la música que estaba escuchando sentí bastante gozo.
Mi compañera de cuarto, la anciana, fue operada de la cadera el mismo día en que me operaron de la rodilla.
Unos diez días después vinieron al cuarto para sacar los puntos de dichas operaciones. Yo estaba muy tranquila mientras me sacaban los puntos, pero parece que sentí ardor al sacar uno de los puntos y emití un pequeño quejido, a lo cual, me pareció, nadie prestó atención.
Pero, cuando voltearon hacia la cama de la ancianita, su hija le dijo, "Mamá, la señora de Polo se quejó una vez. A ver si tu aguantas todo sin quejar." Ella quedó calladita y me ganó.
Yo pensé que la operación de la rodilla era la última operación. También seguía pensando que no pasaría mucho tiempo más en el hospital, aunque todavía mi pie estaba en carne viva en la parte donde me habían extirpado el dedo. Cada pocos días venían a hacerle curaciones. Un día el doctor Garay me dió a comprender que estaban esperando que no quedara ningún foco de infección en mi cuerpo para pedir al equipo de cirugía plástica que me hiciera un trasplante de piel para cubrir la herida del pie.
Cuando él les avisó, subieron los de cirugía plástica a estudiar el caso y dijeron que me operarían el martes siguiente. Pasé el día en ayunas, pero no me operaron. Los de traumatología protestaron, pero los de cirugía plástica dijeron que me operarían el próximo martes. Tampoco lo hicieron. Me citaron por tercera vez, pero el martes siguiente volvieron a defraudarme. Los de traumatología estaban disgustados y yo frustada. En eso, subió el que debería operarme y dijo, "Como no es un caso de cirugía mayor y solamente se va a usar anestesia local podemos operarla en un tópico en vez de esperar para usar la sala de operaciones. Señora, mi palabra de honor, yo le opero mañana a las ocho de la mañana o no me llamo doctor Z..."
Bueno, no me operó a las ocho de la mañana sino a las doce y treinta, pero, en fin, me operaron.
Ahora había que dejar todos mis ejercicios y quedarme quitecita para que no hubiera rechazo del injerto, ni infección en la herida de donde lo sacaron. Así que pasé veinte días en la cama.
Pero lo triste era que perdí mi almohadita. Tan pronto como llegué al cuarto me dí cuenta de que ya no lo tenía. El doctor Gorbitz y Milagros fueron a buscarla pero ya no la vimos más.
Después de 20 días el doctor Garay dijo que ya era hora de sentarme en el sillón nuevamente. Me levantaron como a las ocho de la mañana. Almorcé en el sillón, pero a eso de las dos de la tarde ya estaba harta. Pedí auxilio a todo el mundo para que me subieran otra vez a la cama lo cual hicieron entre varios. Por la mañana me habían puesto calcetines por la primera vez y nadie tomó el trabajo de quitármelos cuando volví a la cama. A eso de las siete y media de la noche Milagros me los quitó y quedamos consternadas al ver que el pie estaba hinchado, rojo y brillante como los grandes tomates de antes. Pero peor todavía, el sitio del injerto se veía espantoso con círculos color gris. Pedí que venga una enfermera, pero al venir ella dijo que no podía hacer nada, que era caso para un médico, que debe subir el médico que estaba de guardia. Pero el médico de guardia estaba operando de emergencia. Esperé toda la noche sin que suba. A la mañana siguiente me dijeron que un doctor había subido como a la una de la mañana pero que le habían dicho que no debería perturbar mi sueño. Así que mi pie seguía así hasta que subió el doctor Garay. El tampoco hizo nada, sino que dijo que el día siguiente le haría una curación. Lo hizo. Era un jueves. Dijo que regresaría el sábado para hacerle otra curación. El sábado vino para pedirme disculpas porque no había ni algodón ni gasa de manera que la segunda curación fue aplazada hasta el lunes.
El mismo día en que se hinchó mi pie, pero antes de que lo supiera, entró el doctor Santisteban, jefe de Medicina Física. Se presentó y me preguntó para qué quería entrar en el programa de Medicina Física (que es otra manera de decir el programa de rehabilitación). Le dije que quería tener una mano útil y poder caminar. Su respuesta fue: "Primero, tendremos que ver si le ceden más tiempo en el hospital."
Eso si me dejó fría. En ese momento él se puso a conversar con la señora que estaba en la otra cama lo cual me dió tiempo para reflexionar. Entonces le pregunté quién tendría que cederme permiso para quedarme más tiempo en el hospital. Me dijo que el almirante no-sé-quién. ¡Ay! ¡Ay! ¿Qué iba a hacer la mamá de un teniente primero delante de un almirante desconocido?
Quedé abatida, pero en eso entró mi buena amiga, la enfermera Yolanda, y le pregunté a quién podía apelar. Me tranquilizó diciendo que ya vería con quién hablar. A los pocos minutos salió la voz de la señora Irma por el intercomunicador: "Señora Wood, deje de preocuparse. Usted tiene una cama en mi sección por un año si así lo desea." Bueno, yo no hubiera querido quedar un año en el hospital, pero, sí, quedé seis meses y medio.
La señora Irma así me apoyó para quedarme en el hospital y la señora Gloria, la secretaria de la sección de Medicina Física, me apoyó para recibir tratamiento allí.
A los pocos días subieron un doctor y una terapista para ver cuál era mi condición y así recomendar el tipo de rehabilitación que debería recibir. Recomendaron el uso del aparato de ultrasonido seguido de compresas calientes en mi rodilla y hombro, hidroterapia en la mano y pierna y mecanoterapia para aprender a caminar.
La primera vez que trajeron una silla de ruedas a mi cuarto era para llevarme a la sección de radiografías. Entre varias auxiliares y enfermeras lograron bajarme de la cama y procuraron colocarme en la silla. Pero como nadie prestaba atención a mi pierna sana, ese pie se metió entre el pedal y la rueda y no había manera de sacarlo de allí. La enfermera Juana y yo nos deslizamos al piso. las otras levantaron la silla. Después llamaron a otras auxiliares para yudar a levantarme del piso y sentarme en la silla. Recién entonces, una auxiliar pudo llevarme para la radiografía.
Llegando allí, observé lo alto que es la mesa a la que suben al paciente para ser radiografiado. Pregunté al técnico como pensaba hacerme llegar hasta allí. Indicó que no había problema y trajo una escalerita de tres gradas. Entonces le dije que todavía no caminaba, menos subía gradas. Eso le dejó confundido por unos instantes (lo normal hubiera sido bajarme en una camilla de donde es fácil pasar el paciente a la mesa). Después me preguntó si ya podía pararme. Le dije que me habían parado una sola vez, fuertemente sostenida por dos doctores. Me aseguró que no habría problema, que él y la auxiliar eran fuertes, que las gradas estaban firmes contra un muro de cemento y entre todos lo lograríamos. Acercando la silla a las gradas me agarraron con firmeza y lograron que colocara mis pies uno tras otro en las gradas y llegué a la mesa. El técnico sacó la radiografía y lograron bajarme. Pero si bien la victoria era de ellos, aún no era mía, aunque yo lo celebraba.
Bueno, un lunes llamaron del departamento de Medicina Física para que baje para mi primer tratamiento. Pero mi pie todavía estaba terriblemente hinchado y su aspecto era como si estuviera peligrosamente infectado. (Después nos dimos cuenta que su aspecto era causado en parte por una medicina que contenía plata y que cuando la rehabilitadora apretó el pie para masajearlo había causado que los residuos de la medicina formaran círculos.)
Era un dilema. Me había esforzado tanto para entrar en el programa de Medicina Física y ahora que me llamaban sentía que no debía hacer esfuerzos que pudieran perjudicar el transplante, ni tener la pierna en posición vertical por mucho tiempo. Consulté con la señora Irma y ella me dijo que lo aconsejable era bajar, para que no me catalogaran de "rebelde". Bajé y me regresaron al piso al instante. Recién una semana después empecé a recibir los tratamientos de ultrasonido e hidroterapia (sólo de la mano).
Al principio bajé descalza por no poder ponerme ningún tipo de calzado. Para mi cumpleaños, el 25 de Setiembre, Juan y Milagros me regalaron un par de sandalias elegantes y ¡grandes! Así, mi pie hinchado tenía algo de protección y la llaga de injerto no se veía.
Hablando de mi cumpleaños, ese día decidí apuntar los nombres u oficios de todos los que entraron en mi cuarto. Dejando de lado los que me visitaron porque era mi día, descubrí que unas veinte personas entraban diariamente en mi cuarto, sirviéndome amablemente, haciendo más llevadora mi hospitalización.
He aquí, un esquema aproximado de la llegada rutinaria del personal del hospital a mi cuarto todos los días.
5:30 am Enfermeras para tomar la presión y dar medicina (encienden la luz, luego la
apagan)
6:00 Mozo, para llevar el jarro de agua del día anterior
6:15 Auxiliares para asearme (encienden la luz y si uno no reclama, la dejan encendida)
7:30 Señora de la limpieza para vaciar los recipientes de desperdicios
8:00 Mozo, trayendo el desayuno
8:10 Visita médica de la jefatura del piso (doctores Repetto y Palomino, la señora Irma)
8:30 Visita de los traumatólogos (algunos días)
9:00 Auxiliares, arreglo de la cama
10:00 Mozo, trayendo agua fresca
10:30 Señora de la limpieza, para limpiar muebles y piso
11:00 Camarera, trayendo jugo
1:00 pm Mozo, trayendo el almuerzo
3:00 Dos auxiliares, arreglo de la cama
3:30 Enfermeras, presión, medicina, temperatura
6:00 Mozo, comida
9:00 Auxiliares, arreglo de la cama, buenas noches (apagan la luz)
10:00 Enfermeras, presión, temperatura, medicina (encienden la luz, luego la apagan)
Aunque dentro de mí refunfuñaba cuando encendían la luz a las diez de la noche o a las cinco y media de la mañana, estoy sumamente agradecida al magnífico equipo de servidores de la Clínica Familiar que llegaron a formar parte de mi vida. Nunca olvidaré a ninguno de los cinco grupos de enfermeras y auxiliares que se turnaban para servirme. Casi siempre vivaces y alegres, algunas veces cansadas y tristes, pero siempre amables, me brindaron su ayuda y amistad. Las recordaré como amigas entrañables.
En el hospital procuran dar la dieta a cada uno conforme a su condición y, en lo posible, según sus gustos, pero siempre he sido de poco comer. Los almuerzos y las comidas constaban de ensalada, sopa, segundo, postre y té. Eso era mucho para mí, de manera que comía lo que más me apetecía y dejaba lo demás. Me alegraba tener visitas hambrientas, para que no se desperdiciaran tantos alimentos (ni se desanimaran los mozos).
Por varios meses alguien tenía que darme de comer. Pero al fin pude alimentarme sola. Pero no llegué a poder cortar la carne en la mesa rodante, tembleque, en que me servían. Cuando servían pescado, usaba el tenedor. Las presas de pollo las levantaba con la mano derecha. Pero cuando sirvieron carne de res tenía que pedir que alguien venga a cortarla.
Dos días después de mi cumpleaños, Juan y Milagros entraron triunfalmente en mi cuarto, portando un televisor a colores. Les agradecí de corazón aunque nunca me he sentido atraída por la televisión. Yo ocupaba mi tiempo en la conversación, lectura, etc., con Radio Stereo Lima 100 tocando suavemente como música de fondo. Pero, sí, tenía un vacío. Nunca duermo hasta las once de la noche. Al pasar las auxiliares cerca de las nueve para arreglar la cama, les pedía apagar la luz, puesto que no podía hacerlo. Y allí me quedaba tranquilita, pensando, meditando, orando hasta que llegara el sueño a las once o más. Ya con el televisor en el cuarto y el control remoto en la mano, buscaba los noticieros, comentaristas, etc. Pero había ocasiones en que ni con siete canales entre los cuales escoer se encontraba algo que valía la pena mirar.
A veces tenía compañera de cuarto y a veces no la tenía. Pero tener compañera de cuarto significa gozar de la compañía de sus familiares y adaptarse en algunas cosas a su manera de ser. Esto era comparativamente fácil antes de tener el televisor. Pero desde que lo tuve tenía que mantener el control remoto en mi poder, para no sufrir de telenovela en telenovela. Generalmente procuraba saber cuál era la telenovela favorita de la otra paciente y sintonizarla todas las veces para pasar después a otro tipo de programa o apagar el televisor. Ví muchos programas interesantes. Me gustaba procurar ganar a los concursantes en la Ruleta Millonaria y ver programas como: "Cámara... Acción", "Concertando" y "En Persona". Pero, después de tener siete canales de televisión a mi disposición por tres meses sigo prefiriendo la lectura de un buen libro, la conversación o alguna actividad útil.
Volviendo al tema del departamento de Medicina Física, que estaba en el segundo piso, me bajaban diariamente, de lunes a viernes, para los tratamientos.
Para poder bajar, tenían que sentarme en una silla de ruedas.
Había pasado por muhcas experiencias en el hospital con toda tranquilidad. Pero con toda franqueza, siempre me sentía intranquila al momento de entrar o salir de las sillas de ruedas. Digo "sillas de ruedas" porque eran varias y nunca sabía cuál me iba a tocar, pero la mayoría tenían un gran defecto, aunque los pedales podían ser levantados para facilitar que el paciente acercara el asiento, caían de golpe en cualquier instante. ¿Se imaginan el problema cuando unas tres zuxiliares de enfermería trataban de meterme en una silla y el pedal caía golpeando mi pierna. Al principio yo no podía sostener mi peso, todo mi peso caía sobre las auxiliares.
Además del problema de los pedales, algunas sillas tenían dos frenos y otras no tenían ni uno.
Poco a poco iba acostumbrándome. En vez de tres personas solamente necesitaba la ayuda de dos para ayudarme a sentarme en la silla y levantarme de ella. Finalmente una auxiliar fue suficiente.
La mayor parte de las veces fue la señora Iris quien me llevaba y traía en la silla mientras conversaba alegremente. Es un gran entretenimiento "viajar" con Iris.
Tres meses y medio más tarde, al término de mi última "excursión", con gusto me despedí definitivamente de las sillas de ruedas.
Pero el primer mes, me sentía tan incómoda en la silla de ruedas que desde el momento de bajar a Medicina Física estaba pensando en mi regreso y lo aliviada que sentiría al estar en la cama de nuevo. Mi pierna me mortificaba bastante y mi pie se hinchaba. Además, gastaba mucho tiempo sentada esperando. Esperaba que entraran a donde Flora me daría el tratamiento de ultrasonido y compresas calientes que duraba unos veinte minutos. Luego, esperaba que me llevaran a "Hidroterapia" donde el técnico Flores aplicaba un chorro fuerte de agua caliente a mi mano mientras que doblaba mis dedos para devolverles la flexibilidad. Este tratamiento también duraba unos veinte minutos. Otra vez esperaba que una auxiliar bajara del cuarto piso para llevarme de regreso. Para unos cuarenta minutos de tratamiento, generalmente aguantaba unas dos horas en la silla.
Entonces me dí cuenta que el problema principal era que esas sillas fueron hechas para personas con las piernas más cortas que las mías. Como no podía doblar mucho la rodilla, mi pie, y sobretodo mi sandalia, se adelantaba bastante a la silla y tenía que vigilar continuamente para no dar problemas a otros, ni ellos a mí.
El único "accidente" que sufrí era una vez que estábamos acercándonos al mostrador de la sección de Medicina Física donde un joven estaba conversando con la señora Gloria. De un momento a otro él empezó a caminar de espaldas, chocó con mi sandalia, giró sobre sí mismo y me cayó encima. Los más impresionados con el incidente eran la auxiliar que me traía y el joven. El salió huyendo del lugar antes de que alguien le culpara. Ella se puso a temblar y me preguntó varias veces si estaba segura de que no me había hecho daño. La verdad es que no sufrí ni un rasguño.
Un sábado, Iris apareció con la silla de ruedas pero yo la quise despedir porque los sábados no trabajan en Medicina Física. Sin embargo, había venido con orden de llevarme otra vez para radiografías de la rodilla. Esta vez me llevaron a un cuarto en que la mesa estaba igual de alta que la anterior, pero bajo la cual no había nada en que apoyase las gradas. Ví que la situación era imposible y que todavía no manipulaba mi cuerpo con suficiente soltura para usar gradas sueltas así, que podrían resbalar y hacerme perder el equilibrio. Por más que intentábamos no lo lográbamos. No pudieron subirme a la mesa y yo estaba agotada y transpirada. Cuando ya me faltaban las fuerzas, me arrimé de espaldas a la mesa, logré subir la nalga, y... ¡arriba!
Ya empecé a meditar en la manera de hacer más llevaderos mis viajecitos. Un día, antes de sentarme, pedí a la auxiliar que coloque una almohada del hospital doblada sobre el asiento. ¡Qué maravilla! Aliviaba la tensión sobre la pierna dándole algunos centímetros más de extensión y pude meter el pie más adentro con menos peligro para mí y para los demás.
Para muchas personas la silla de ruedas es de gran bendición. Para mí, ha sido de suma utilidad pero me alegro de haberla dejado para beneficio de otros.
El tercer aparato que el doctor mandó colocar en mi cama era un lazo de cuero colgado en lo alto para facilitar mis movimientos en la cama y para que las auxiliares no tuvieran que esforzarse tanto. Además con la ayuda de ese lazo, que no era fijo, sino que podía correrse de un lado a otro, podía sentarme en el filo de la cama para hacer ejercicios. Me ayudó bastante y empecé a tener cierta agilidad en mis movimientos. Al fin, un día dije al doctor que ya podía llegar a sentarme al lado de la cama por mis propias fuerzas sin la necesidad de agarrar el lazo. "A ver", dijo.
Al verme sentar, sin ayuda, en el lado de la cama, el doctor dijo, "Si puede hacer esto, puede pararse".
Dicho y hecho, entre él y otro doctor joven me pararon. ¡Qué sensación! Pero me dí cuenta que estaba parada sobre el pie derecho y los dedos del pie izquierdo. Le pregunté al doctor: "¿Qué importa más, que esté parada derecha o que ponga el peso sobre los dos pies?" Al bajar el talón del pie izquierdo, el hombro izquierdo bajó bastante.
Pero lo más importante de esta primera parada era la manera en que los dos doctores me ayudaron a pararme. Las auxiliares siempre me había dicho que debería poner mi brazo alrededor de su hombro y apoyarme sin miedo que ellas no me soltarían. Pero era una posición muy incómoda para ellas y para mí. Los doctores para pararme esa primera vez, me sostuvieron por los codos, mi mano en el codo de ellos y su mano en mi codo. Era tanto más fácil que el otro sistema que poco a poco fuí convenciendo a las auxiliares a usar este método conmigo. No sé si lo usan con otros pacientes.
Después de esta experiencia el doctor quiso que ya entrara en el programa de ejercicios para llegar a caminar nuevamente. Pero el doctor Salas es quien controla a los pacientes de Medicina Física y me faltaba semana y media para mi próximo control con él. Cuando llegó ese día él decidió que se prescindiera del tratamiento de ultrasonido y empezara a recibir atención en el departamento de Mecanoterapia... desde ese mismo día.
La primera sesión de mecanoterapia me causó un poco de zozobra porque había bajado preparada para poder destapar fácilmente la rodilla para el tratamiento de ultrasonido y no para cubrirme como es necesario para los ejercicios. De todos modos el técnico me tapó con una sábana y me enseñó varios ejercicios y le prometí venir con buzo para la próxima sesión. En la segunda sesión el técnico Acosta me preguntó cuánto tiempo hacía desde mi accidente. Le respondí que ya hacía cuatro meses y medio. Me dijo que era un momento muy apropiado para empezar a afirmarme sobre los pies.
Entonces el técnico Acosta y el enfermero Guido me ayudaron a pararme y sentarme varias veces. Por supuesto eran ellos los que se esforzaban y yo hacía lo posible por cooperar. La vez que lograron pararme y soltarme para que me mantenga sola, yo estaba muy contenta hasta que el técnico me preguntó por qué me inclinaba hacia atrás en vez de pararme recta. Quise contradecirle pero él me convenció que era así, y tuvo que ayudarme a enderezar. Parece que el estar tanto tiempo echada en la cama había debilitado mi sentido de equilibrio.
Desde entonces, todos los días pasé unos tres cuartos de hora en la colchoneta, haciendo ejercicios para fortalecer y agilizar los pies, piernas, dedos, manos, brazos y cuerpo, para después practicar el sentarme y levantarme. Llegó el día en que dijeron "A caminar". Fuertemente apoyada en el técnico y la terapista María fui dando pasos hasta la puerta. Ya estaba pensado, "¿Tendré suficiente energía para el regreso?" Pero ellos también lo habían pensado. Trajeron la silla de ruedas y allí, no más, terminó mi primer paseo.
A los pocos días, después de mis ejercicios, el técnico trajo el tablón con barandas en que se aprende a caminar hasta la colchoneta y empezé en serio los intentos de caminar. El primer día dí unos pasos hacia adelante y otros hacia atrás, adelante, atrás... Otro día, dí la vuelta al fin de cada siete u ocho pasos (arrastraba el pie derecho al dar la vuelta porque la pierna izquierda todavía no pudo aguantar el peso aunque mis manos sobre las barandas soportaban la mayor parte de mi peso). Entonces el técnico me dijo que tenía que aprender a dar pasos de lado. Era tan difícil que por mi parte hubiera abandonado esta parte del ejercicio con gusto. Me parecía innecesario además de difícil. Pero el técnico no me permitió flaquear. El, y todo el equipo de Mecanoterapia, era exigente, como debe ser. (Cuando dos meses más tarde salí del hospital, tuve que caminar de lado muchas veces para poder ejercitarme en la casita donde vivían Juan y Milagros. El cuarto de baño definitivamente no fue hecho pensando en personas que usan bastones.)
Ya sentía que estaba caminando bastante bien. Pero un día logré verme en el espejo de cuerpo entero que pende de la pared al fondo del sitio del tablón. ¡Qué desgarbada! Será por eso que los primeros días trajeron el tablón a donde yo estaba en vez de llevarme al tablón. No conviene que el paciente se vea a sí mismo antes del tiempo. Después de eso, siempre me llevaron al tablón y me enseñaron a mirar de frente enderezando el cuerpo al caminar.
Después me enseñaron a usar el andador que es un armazón de aluminio sobre cuatro patas. Es liviano y por eso no soportaría el peso que yo hubiera tenido que poner para levantarme desde una posición sentada. Así que, siempre tenían que pararme primero y después acercarme el andador.
Con todo lo que había practicado en el tablón me era fácil adaptarme al ritmo del andador -- un paso con el pie izquierdo, un paso con el pie derecho y a adelantar el andador con las manos. Miré a los pies para ver lo que ocurría pero me corrijieron al instante. Hay que mantener la vista alta, mirando de frente. Mejoré el concepto -- hay que mirar a los ojos de los que se acercan. Empecé a caminar con el andador de cuarto en cuarto "inspeccionando". Nuevos horizontes empezaban a abrirse.
Estaba tan contenta que lo conté al doctor quien, como de costumbre, tan pronto que sabía que progresaba en un sentido me pedía más. Ese mismo día me dijo, "Ya es hora de independizarse. Le voy a dar una receta para conseguir bastones canadienses."
Le pregunté si sería posible conseguirlos prestados o alquilados pero él me apuntó la dirección de donde se podría comprarlos. Sin embargo, Dios proveyó de otra manera. Mi compañera de cuarto tenía bastones que había necesitado en otra ocasión, y los familiares ofrecieron prestármelos. Los trajeron como a la semana y los llevé a Mecanoterapia.
Desde allí todos los días me ejercitaba primero con el andador y después con los bastones. Los primeros días el técnico andaba detrás de mí cuando usaba los bastones. Dos veces tuvo que agarrarme porque tambaleaba. Después del tercer día me dejaba deambular sóla y se dedicaba a sus otros pacientes. Poco a poco fui tomando más confianza y coordinando mejor el movimiento de mis piernas con el movimiento de los bastones. Seguía mirando de frente, a los ojos de los que se acercaban. Lo único que me frustraba era que solamente usaba los bastones por unos diez minutos diarios. Anhelaba usarlos en la tarde también pero ya casi no tuve visitas que podrían acompañarme. Al fin el domingo por la tarde vino Juan y aproveché la oportunidad. Era la primera vez que "caminaba" en el cuarto piso. Ninguna de las enfermeras ni auxiliares me habían visto hacerlo todavía. Fuimos hasta la estación de enfermeras (unos setenta metros) y una de las auxiliares se puso pálida al verme (pensaba que era mi espíritu anunciando mi muerte). Pero rápidamente se convenció que era yo en carne y hueso y todos posamos para una foto para celebrar mi hazaña.
Otras veces me acompañaron Milagros, Esteban, Felipe, Jenny, y aún Vio Tanabe con su mamá y abuelita. Más tarde tenía suficiente confianza para que las auxiliares me alcanzaran los bastones para salir al pasillo a caminar sola mientras que ellas arreglaban la cama. En ese entonces me pusieron el sobrenombre de "lenta pero segura".
Tiempo antes, el técnico quiso que practicara subiendo y bajando la primera grada de la escalera con barandas. Debería subir un pie a la grada, juntar el otro pie en la misma grada, bajar un pie y bajar el otro. Era muy difícil. Me dí cuenta que es más fácil subir un pie dos gradas que una por la acción de la pierna. El técnico no volvió a acercarme a las gradas ni yo me acercaba a ellas voluntariamente hasta que un día me sentí capaz de subirlas y le dije que quería acercarme a las gradas antes de cambiar el andador por los bastones.
Se mostró sorprendido, pero le aseguré que pensaba que ya estaba lista para intentarlo. Agarrándome fuertemente a las barandas, casi doblada sobre ellas, subí las seis gradas. Allí arriba sentí como si estuviera en la cima del Huascarán. Era una victoria tremenda y me sentí emocionada. Entonces pregunté al técnico cómo debería bajarme y me dijo que caminando de espaldas. Así que, agarrando la baranda con toda mi fuerza logré bajar, y subir, y bajar cinco veces ese día. Hice lo mismo el día siguiente. Al tercer día le dije al técnico que quisiera intentar bajar de frente. Se acercó para auxiliarme si fuera necesario. No fue necesario, pero es extremadamente difícil bajar gradas de frente con la rodilla hinchada que no se dobla en forma normal. Con una sola vez me bastó.
Así, poco a poco iba sacando provecho de todo lo que ofrecía el departamento de Mecanoterapia para mi caso: la rueda, las escaleras graduadas para ejercitar los dedos, la polea, la mesa kinética, etc. Irma me masajeaba, estiraba y doblaba mis dedos. Jugué con bloques lógicos, y tiraba y agarraba bolsitas de arena que me tiraban. A lo que no llegué ni creo que llegaría es a la bicicleta estacionaria. Se necesita mayor doblez de la rodilla de lo que probablemente lograré.
Hay un aspecto de Mecanoterapia que no quiero dejar de comentar. En medio de tanta exigencia hay un ambiente maravilloso de cooperación entre todos que alienta a los enfermos. Todos los que atienden a los pacientes están listos a apoyar el uno al otro en el momento preciso. Trabajan individualmente pero están atentos para ayudar unos a otros en bien de los pacientes. Y los pacientes también se alientan mutuamente, felicitándose por cada señal de progreso.
Por supuesto, hay algunos pacientes que protestan. He oído a un almirante gritar: "¡No, técnico! ¡Por favor! ¡No seas malito, técnico!", cuando le doblaban la rodilla. Cuando el almirante se fue ese día, dije al técnico, "Los almirantes pueden quejarse, las mujeres tenemos que aguantar".
Pero he visto la paciencia con que enseñan a pararse, sentarse y tomar los primeros pasos. Aceptan el paciente tal como llega (fuerte, débil, con los músculos tiesos o flojos, de piernas chuecas, de pies que cruzan y dificultan el paso, etc.) y con paciencia y pericia el técnico Acosta, el enfermo Guido y las terapistas María y Marta lo sacan caminando, paso a paso. Admiro sinceramente a estos profesionales dedicados a devolver la movilidad y agilidad a los pacientes.
No quisiera dejar el relato sin hacer referencia a mis compañeras de cuarto y sus familiares. Tuve una "residencia" tan larga en el cuarto 402 que llegué a tener quince distintas compañeras además de pasar algunos días a solas entre una compañera y otra.
Guardaré respeto para todas haciendo referencia a sus características, pero no a sus nombres. Entre mis quince compañeras la mayor parte fueron amables, aunque no faltaron las cascarrabias. Había las muy serviciales y alguna que otra altiva. La mayoría agradecieron las atenciones del personal pero también había quejosas. Una señorita pasaba todo su tiempo sentada en la cama en pose yoga mirando televisión. Otra nunca se encontraba en el cuarto cuando sus médicos llegaban, estaba paseándose por el piso. La mayoría cooperaban con el personal pero otras se encaprichaban. Una, antes de llegar al cuarto, quiso que pusieran un biombo entre las dos camas pero congenió conmigo y olvidó su pedido. Pero sea lo que fuere la personalidad de la enferma, los familiares prestaron ayuda mutua en conseguir las medicinas, llamar a las auxiliares y prestar su apoyo unos a otros en lo posible. He hecho amistades duraderas con familias admirables que enriquecieron mi vida y espero haber contribuído en algo a la vida de ellos.
Antes de llegar el tema de mis compañeras, quiero contar una pequeña anécdota. Una señora se internó porque le faltaba el equilibrio, había caído varias veces. Pensaron que el problema pudiera radicar en la vena carótida en el cuello. Pero como pasaron los días sin que la atendieran en forma específica, salió del hospital. La mañana siguiente yo estabaa haciendo mis ejercicios cuando entraron dos médicos desconocidos. Uno me dijo: "Levante el brazo... levante el brazo izquierdo... cierre los ojos". En eso, uno de ellos palpaba mi cuello donde se suponía que tenía la causa de "mi" problema de falta de equilibrio. Supongo que en ese instante vieron mis heridas y se dieron cuenta de haberse equivocado de paciente. Uno de ellos dijo, "Abra los ojos," y los dos se fueron calladitos.
Fuera de la familia, recibí visitas anunciadas y no anunciadas. Era bueno saber que iba a llegar una visita y anticiparla. Pero han sido deliciosos los momentos pasados con visitas inesperadas. Las visitas que más me animaron fueron las de los pacasmayinos quienes al estar en Lima, fueron a visitarme: Eduardo "Lalo" Felipe, Jorge Gaviño con Lucrecia, Mercedes Valqui, Denis Chavarry, Teresa Arias, la señora Teresa Aldea con varios de sus hijos, la señora Domínguez, Pilar Arias, su hermana y su sobrina, Pablo Quispe y su esposa Rosa, la doctora Quilcate, Eduardo Ramírez, hijo, la señora Margarita de Román, José Pairazamán, Jimmy Ortiz y su señora madre, las tres generaciones de la familia Tanabe (la abuelita, la señora de Tanabe y Vio), y, al fin, Octavio Quispe, esposo de mi amiga Lucha.
Pero la mejor visita de sorpresa ocurrió a los seis meses. Un sábado por la mañana, antes del desayuno, la puerta se abrió de golpe. Allí enmarcados en la puerta, estaban todos mis hijos y nueras. Les pregunté por cuánto tiempo podrían quedarse (ya les conozco). Respondieron que una hora y diez minutos porque Esteban, Felipe y Jenny, habiendo llegado de Trujillo, debían continuar viaje a Huancayo (seis horas más de viaje). Entonces me senté en el lado de la cama, me alcanzaron mis bastones y salí con la familia a visitar a una señora que tenía su cuarto al otro extremo del pasillo.
Felipe, Jenny y Esteban estaban tan contentos de verme "caminar" que Felipe bajó hasta el lugar de estacionamiento donde había dejado la camioneta de su jefe y regresó con una máquina filmadora. Por unos momentos me convertí en una estrella de cine.
Un médico me dijo en broma que cualquier paciente que se quedara en la Clínica Familiar más de dos meses ya le pertenecía. Por eso decía "mi gringa".
Yo comprendo su concepto porque yo también siento que los que me han servido con tanto esmero son mis doctores, mis técnicos, mis enfermeras, mis auxiliares, etc. No quisiera nunca olvidar las caras risueñas que me han rodeado por seis meses y medio. Por eso pedí a Juan y Milagros que me prestaran su cámara con un rollo de película para captar en forma permanente las imágenes de mis amigos entrañables. Saqué fotos de casi todos los que me han rodeado durante mi estancia en la Clínica Familiar. Y al saberlo, Esteban me regaló un álbum de fotos en donde guardar como un tesoro este recuerdo precioso.
Cuando llegué al Centro Médico Naval una pequeña tripa ya pendía de la vena del codo derecho. No sabía si por alí habían sacado sangre en Chiclayo, o qué. El hecho es que allí estaba. Con el tiempo llegaba a parecer un granito de arroz en cáscara. Lo mostré a las enfermeras y ellas opinaron que algún día se desprendería, pero seis meses después estaba allí todavía. Una tarde empezaba a mortificarme. Lo mostré a una enfermera y al movelo salió pus. Lo limpió y dijo que debería mostrarlo al doctor Palomino cuando hiciera su ronda por la mañana. Así lo hice, y cuando él lo movió volvió a salir pus. Así que pidió alcohol, bisturí y pinzas. Resultó que eran unos puntos que habían puesto en Chiclayo, hecho con un hilo tan grueso que mi sistema nunca lo absorbería. Ninguna de mis heridas serias se había infectado y sin embargo esta insignificancia de dos o tres puntos se infectó seis meses después del accidente causando mi última "operación" en el hospital.
¡Tomé una decisión! Hace tiempo que el único motivo para estar en el hospital era para seguir con la hidroterapia y el programa de mecanoterapia, o sea hacer ejercicios y utilizar aparatos para volver la utilidad a mi mano y brazo y para enseñarme a pararme, sentarme y caminar nuevamente. Así que, decidí aprovechar al máximo todas las facilidades de la sección de mecanoterapia durante la semana previa a la Navidad para salir del hospital el viernes, 23 de diciembre. El lunes, 19, comuniqué mi idea a los jefes de la Clínica Familiar (los doctores Repetto y Palomino y la señora Irma). Estaban de acuerdo conmigo. Cuando tuve mi control de Medicina Física el miércoles, 21, el doctor Salas aceptaba la idea de darme permiso de esa sección por unas semanas para ver cómo desarrollaba en casa. Pero no lograba ponerme en contacto con el doctor Garay, quién tendría que autorizar mi salida del hospital. Pedí a Milagros ir a buscarlo. Lo buscó en el tercer piso en la sección de traumatología sin encontrarlo. Le dijo al doctor Gorbitz que yo pensaba salir del hospital dentro de dos días. La noticia le sorprendió y dijo que no sabía nada del asunto. El jueves, a eso de las nueve y media, cuando estaba alistándome para ir a Medicina Física, llegó al doctor Garay a mi cuarto, expresó su conformidad con mi decisión y ofreció subir temprano al día siguiente para firmar mi permiso.
Mientras tanto yo estaba preparando los recuerdos que quise dejar para los que con tanto gusto me habían servido sin desmayar por más de seis meses. Separé las fotos que eran para la Clínica Familiar de las de Medicina Física, de Mecanoterapia, y de los doctores y técnicos. En esto estaba cuando pasaba la visita médica una mañana. El doctor Palomino me preguntó lo que estaba haciendo con tantos libritos iguales. Eso me dió la oportunidad de presentarles a él, al doctor Repetto y a la señora Irma el ejemplar del Nuevo Testamento que tenía dispuesto para cada uno de ellos con su respectiva dedicatoria. Se emocionaron y me agradecieron bastante. Espero que las porciones que he señalado en los Nuevos Testamentos les ayude a comprender por qué yo pude sonreir en medio de mis problemas físicos.
Al fin llegó mi último día en el hospital. Si temía emocionarme mucho al dejar todos mis amigos del hospital, los eventos de la última mañana conspiraron para evitar esa posibilidad. El desayuno se atrasó. No trajeron la silla de ruedas para bajarme a Medicina Física. Llegó el doctor Garay para decirme que el permiso ya estaba firmado y en manos de las enfermeras del piso. A la vez me citó para mi primer control dentro de tres semanas. Cuando él se fue ya eran las diez. Llamé a la estación de enfermeras para decirles que todavía no me habían bajado a Medicina Física. Pasó las diez y media.
Sonó el teléfono. La llamada era desde Pacasmayo y las noticias que la señora Carmen quería darme eran importantes. Mientras que hablaba con ella, entró una auxiliar con la silla de ruedas al fin y me puso mi buzo mientras yo seguía prestando atención a lo que me decían por teléfono. Por fin pude colgar y la auxiliar me bajó a Medicina Física.
Cuando llegamos a Hidroterapia ya no había fuerza de agua para el tratamiento de mi mano. Por eso el técnico Flores aplicó una compresa caliente a mi mano. Al término del tratamiento le día la foto que Milagros había tomado y un Nuevo Testamento. Estaba tan contento que pidió también una dedicatoria en la foto. Como la dedicatoria en el Nuevo Testamento estaba escrito en términos serios, opté por un tono más liviano al dedicar la foto y lo firmé "La paciente paciente". Espero que le haya hecho gracia.
De allí pasé a Mecanoterapia donde generalmente necesitaba dos horas para usar el andador, girar la rueda, ejercitar los dedos, usar la polea, subir y bajar las gradas, ejercitarme en sentarme y levantarme y salir a caminar con mis bastones canadienses "inspeccionando" los cuartos. Pero apenas había entrado en Mecanoterapia cuando oí referencias al hecho de que solamente iban a atender hasta las doce ese día porque ellos iban a reunirse con sus colegas de otras secciones para tomarse un champán. Empecé a acortar mis recorridos con el andador pasando rápidamente de una actividad a otra pero recién estaba para acercarme al tablón cuando Marta entró corriendo a desearme una Feliz Navidad. Cuando salió, me di cuenta que los demás que nos atendían ya habían salido y sólo nos quedamos tres pacientes. Recién empecé los ejercicios de sentarme y levantarme con la ayuda de las barandas cuando entró la auxiliar del piso para llevarme diciendo que ya la habían llamado con urgencia porque tenían que cerrar la puerta. La miré a la cara mientras me levantaba y sentaba tres veces más antes de aceptar lo inevitable. Lo que más me dolía era que había pedido a Juan que venga a las doce para conocer los aparatos para ver si podría arreglar algo semejante en la casa. Pero la auxiliar me llevó de allí antes de que él llegara.
Al salir del ascensor en el cuarto piso dije a la auxiliar "Me bajaron tan tarde que no he llegado a ejercitarme con los bastones. De manera que, ayúdeme a salir de la silla e iré caminando con la ayuda de los bastones hasta mi cuarto." ¡Y así lo hice!
A los pocos minutos llegaron Juan y Milagros. Sólo trajeron una maleta. Parecía imposible que todo lo que se había acumulado en seis meses pudiera caber allí. Pero no contaba con la ingeniosidad de ellos, con el espacio alrededor del televisor en su caja, con el aparato con ruedas que había traído Juan y con los brazos de Milagros para cargar con la almohada que no cabía en ningún otro sitio.
Cuando terminaron de empacar todo, empecé mi paseo más largo hasta ese momento. Salimos del cuarto, caminamos hasta el ascensor unos setenta metros más allá, bajamos en el ascensor (había bajado multitud de veces en cama, camilla y silla de ruedas, pero esta era la primera vez lo hacía parada y con mis bastones.
Al salir del ascensor, el corredor del primer piso estaba lleno de gente que andaba de acá para allá cruzando mi camino a cada momento. De alguna manera caminé los setenta metros hasta la puerta y, he allí cuatro gradas que había que bajar. No eran gradas parejas con barandas como las en que había ensayado. Eran más anchas y más chatas, para dar elegancia a la entrada. Fuertemente apoyada en Juan, Milagros y los bastones logré bajarlas. Salimos por la puerta para encontrarnos con otra serie de cuatro gradas anchas y chatas y tuvimos que repetir la operación. Pero ya estábamos en la vereda. Milagros y yo nos quedamos con las cosas mientras que Juan fue a buscar un taxi. Trajo un Volskwagen. Me senté como pude en el asiento delantero y traté de meter las piernas. Era casi imposible. Digo "casi" porque al fin y al cabo lo logramos. En el asiento de atrás estaban todas las cosas, Juan, Milagros y mis bastones. El chofer no era de los mejores y el carro saltaba de acá para allá traqueteando. Se me ocurrió pensar "Hay mucha más protección en un ómnibus que en un Volkswagen viejo con los pernos flojos."
¡Llegamos! Ahora... a sacarme de allí, a ayudar a subir la rampa para carros (no había ensayado nunca el caminar en subida) y, al fin estaba "en casa".
Para Nochebuena me senté en la mesa con los demás. Para Navidad volvieron a meterme en una Volkswagen para llevarme a la iglesia para escuchar la cantata navideña en que Juan cantaba. Pero esta vez decidí meter la pierna "coja" primero. Entré con más facilidad. El carro se acercó bastante a la iglesia y no tuve demasiada dificultad en subir las tres gradas. Decidimos sentarnos en la banca de atrás para que pudiera tener la pierna extendida. ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Qué error! Este sector era tan transitado como el jirón de la Unión de Lima. Mientras tanto la iglesia se había llenado de gente de manera que tuvieron que entrar algunas bancas más, provisionalmente. Me ayudaron a levantarme para pasar a una de estas. Ahora el pie y la pierna estaban protegidos pero la banca era incómoda. La cantata alegraba mi espíritu pero la banca hacía doler mi cuerpo (solamente me había sentado sobre colchones y almohadas por más de seies meses). Cuando terminó el culto me ayudaron a pararme y me mantuve parado con mis bastones entre dos bancas que me sirvieron de escudo mientras que muchas personas pasaron para saludarme y felicitarme por haber superado mis problemas con la ayuda del Señor.
Aunque esperamos bastante tiempo después del final del culto antes de salir, la gente todavía se arremolinaba afuera cuando salimos. Me era bastante difícil bajar las ggradas (de espaldas) porque la gente iba y venía. Me alegré cuando ya estábamos en la vereda Con Juan fuimos al borde de la vereda para buscar un taxi en que regresar a la casa. El que conseguimos era una combi con las puertas que se deslizaban en vez de abrirse hacia afuera. Atrás había un asiento algo. Juan lo miró con duda pensando que me iba a ser más difícil entrar allí que en un Volkswagen. Pero estaba exactamente a mi medida. El asiento tenía la altura de mi cama en el hospital. Así que no hice más que sentarme y girar las piernas y ya estaba adentro. Y la salida fue igualmente fácil.
Pero, en el nombre de la navidad ya había tenido más que suficientes actividades. Mi tobillo estaba hinchado y mi rodilla hinchada y afiebrada. Así que no volví a salir en carro hasta el día de mi primer control en el hospital.
Mientras tanto gocé de la bendición de estar en casa, de ver a algunos de los míos continuamente y empezar a adaptarme a la vida "normal". Los primeros días Milagros me ayudó a ponerme de pie cada vez que era necesario. Pero decidí que no debía ser "necesario". Lo primero que hice era pedir que pongan otro colchón que ví por allí encima del colchón de mi cama. Con esta altura adicional pude levantarme de la cama sin ayuda. Dejé de sentarme en el sofá, de donde no pude levantarme. Los sillones con sus dos brazos, me proveyeron suficiente apoyo para poder levantarme sin ayuda humana. Y, así por el estilo, fui solucionando mis problemas y progresando en mis habilidades.
Toqué en el órgano electrónico de Juan todas las piezas del librito "Enseñando los deditos..." Así comprobé que mis cinco dedos pueden funcionar independientemente. Otro día pedí que me coloquen la máquina de escribir en la mesa y empecé a escribir "Las aventuras de una accidentada". También allí funcionaban los cinco dedos, pero el meñique es más débil que los otros de manera que a veces no se imprimía la "a" aunque la fuerza del dedo era suficiente para que la máquina avance dejando el espacio para la "a".
Entonces hice un descubrimiento maravilloso. Mi dedo pulgar, que con todo el tratamiento de tres meses de hidroterapia seguía siendo casi rígido cuando salí del hospital, ya se doblaba.
Pero algo empañaba mis progresos... no mejoraba mi manera de caminar. Así nunca llegaría a dejar los bastones. Entonces el segundo domingo que estaba en casa me dí cuenta del problema. Aunque la pierna izquierda se había estirado algo con los ejercicios, verdaderamente ha quedado más corta que la derecha probablemente debido a la fractura encima de la rodilla. A primera vista parecía que caminaba recto, sin cojera. Pero yo sabía que mi talón apenas rozaba el zapato. No podía descansar mi peso en la pierna izquierda y me dolía la rodilla al caminar. Además, apoyaba casi todo mi peso en el bastón de la mano derecha cuando adelantaba la pierna izquierda.
Una vez identificado el problema, me puse a confeccionar una cuña de cartulina como muestra para que el zapatero arreglara mi sandalia con una cuña de jebe. Lo hizo muy bien, pero estaba dándome cuenta de otro problema. Las sandalias sobresalían tanto a mis pies (delante y detrás) que mi peso tenía que adaptarse a las sandalias en vez de a mis pies. En esto, vi en el armario un par de zapatos que había comprado en Pacasmayo y que nunca me había puesto. Con un pequeño arreglo quedaron a la medida de los dos pies. Metí la cuña de cartulina en el zapato izquierdo y salí caminando. Los dos primeros días la rodilla me dolía del esfuerzo que estaba haciendo por la primera vez. Pero eso pasó y caminaba con gusto y casi sin dolor. Ya pude concentrarme en traspasar más peso a mis pies aliviando el peso sobre mis manos y los bastones.
Así pasaron tres semanas desde mi salida del hospital y llegó la fecha de mi primer control. Hicimos arreglo con un taxista para que venga a la casa a las diez de la mañana. Eso me daría tiempo para visitar a mis queridos amigos de Mecanoterapia (y para hacer algunos ejercicios) antes de mi cita a las once. Todos los de Mecanoterapia estaban allí cuando entré. Era la primera vez que me vieron con vestido (en vez de blusa y buzo) y zapatos (en vez de sandalias). Apenas saludé a uno cuando otro me descubrió: Olga, Marta, el técnico Acosta, Irma, María y Guido. Todos estaban de acuerdo en que se notaba bastante mejoría y también en que me había adelgazado. Estoy contenta de haber bajado de peso, porque cuánto menos peso tengo, tanto más rápido mi pierna izquierda va a poder sostenerlo. Conversé con todos, hice girar la rueda, ejercité mis dedos en las maderas escalonadas y subí y bajé las gradas dos veces. Pero traspiré tanto que no quise esforzarme más antes de mi consulta médica. Entonces les dí mis "recuerdos", un Nuevo Testamento para cada uno. Dije a María que quisiera que alguien me acompañara al consultorio del doctor Garay (es que Milagros había ido para una consulta con el ginecólogo).
Parece que María no sabía dónde quedaba el consultorio del doctor Garay. Entonces Guido ofreció llevarme. Fuimos al ascensor para subir al tercer piso y de allí seguimos los letreros que indicaban el camino a la sección de traumatología. El camino era largo y yo andaba lentamente pero contaba con llegar para la cita de las once. Caminamos bastante, pero al llegar a "traumatología", nos indicaraon que allí no estaba el consultorio sino en el sótano. Tuvimos que desandar el camino hasta el ascensor para que nos llevara al sótano.
Allí empezamos a caminar otro trecho largo, pero Guido ya no pudo estar más tiempo fuera de Mecanoterapia. Me indicó que debería seguir el corredor hasta el fondo y voltear a la izquierda. Yo no quise caminar otra vez en vano, pero me aseguró que así era, y me dejó.
Entonces ya caminé sola, volteé a la izquierda y fui caminando hasta llegar a la altura de una sala de espera donde ví a Cristian, un joven que también recibía tratamiento en Mecanoterapia. Le pregunté por el consultorio del doctor Garay y me indicó que estaba a unos treinta pasos más allá. Ya eran las once y cinco. Yo me paré al lado de la puerta del consultorio para que nadie me ganara el turno. Allí se me acercó la mamá del paciente que estaba en el cuarto contiguo al mío en los últimos días de hospitalización. Cuando la puerta del consultorio se abrió dejaron a ella y a su hijo entrar cerrándome la puerta en las narices. Al poco rato la puerta se abrió de nuevo y salió la secretaria preguntándome qué deseaba. Le dije que tenía una cita para las once pero ella me indicó que mi nombre no estaba en la lista. Le aseguré que el doctor me había dado la cita tres semanas antes y le mostré el papel. Entonces me preguntó si había pasado por "admisión". Yo ni sabía que existía la oficina de admisión, ni nada por el estilo. Entonces señaló otro pasillo largo y dijo, "Camine hasta el fondo, entrégueles la cita y su carnet. Entonces le entregarán una papeleta de admisión y me avisarán. Mientras tanto usted puede ir a sentarse en la sala de espera hasta que la llame."
¡Otra caminata hasta admisión! ¡Otra caminata hasta la sala de espera! Me senté en un sillón mullido a esperar que pasen consulta los que ganaron turno porque yo no sabía nada de la rutina de esta parte del hospital. Para la próxima vez sabría orientarme.
Cuando al fin pude ver al doctor Garay se notó que estaba muy contento con mi progreso. El único problema era que mis excesivas caminatas de la mañana había hinchado e inflamado mi rodilla más que de costumbre. De todos modos, mis progresos eran suficientes para que el doctor no viera motivo para reincorporarme a Mecanoterapia considerando que no recompensaría todo el trajín de ir en taxi. Me dió una orden para que me saquen radiografías de la rodilla completa. Las radiografías anteriores habían sido parciales y no le habían permitido contemplar el aspecto completo de la rodilla con la placa.
Aunque se hacía tarde, fuimos a la sección de radiografías, pero dijeron que ya no había placas y me citaron para el viernes 27 de enero a las ocho y treinta de la mañana. Mi próxima cita con el doctor era para el 3 de febrero.
Ya Milagros y yo estábamos andando juntas otra vez. Se hacía tarde y las dos estábamos cansadas. Sin embargo no quise dejar el hospital sin subir a saludar a los del cuarto piso, mis amigos apreciados de la Clínica Familiar. Al subir nos encontramos uno tras otro con todos los que estaban de turno: las señoras de la limpieza, los mozos sirviendo el almuerzo, enfermeras, auxiliares, la señora Irma y el doctor Palomino. En eso pregunté por mi antiguo cuarto y me dijeron que allí estaba otra vez una señora que ya había sido mi compañera de cuarto. Eso me animó a caminar hasta allí para saludarla, como tantas otras habían regresado para saludarme a mí. Después de esto yo, sí, estaba lista para regresar a casa a descansar. Pero todavía faltaba regresar sobre nuestros pasos y repetir todo el camino que anduve el día que salí del hospital. Solamente que esta vez estaba más cansada y no estaba Juan para que entre él y Milagros me ayudaran a bajar las gradas. Pero no faltó un joven que vino en mi auxilio y llegamos a la vereda sanos y salvos. Milagros consiguió un taxi (otro Volkswagen) y pusimos fin a una aventura más.
Mi segunda visita al hospital fue más tranquila. Salimos de la casa diez minutos para las ocho y llegamos a la ventanilla del departamento de radiografías cuando recién estaban atendiendo.
Hicimos el trámite necesario y me dijeron que vayamos a la sala de espera señalando unas gradas muy altas que tendría que pasar. Les dije que sería mejor esperar de pie porque no era capaz de pasar por allí. Entonces me indicaron que pasara por las puertas del sector de radiografías para sentarme en un sofá que estaba al otro extremo del pasillo. Así hice, con Milagros, y como media hora más tarde una señorita salió de la sala tres de radiografías, miró hacia nosotros y dijo algo que sonaba como "grahuu". Empecé a levantarme pero Milagros quiso determe diciendo que no me habían llamado. Sin embargo, yo he oído mi nombre pronunciado en tantas maneras que lo reconozco si la voz está dirigida hacia mí. Tuve razón, caminé hasta allí, entré en el cuarto, me arrimé a la mesa, subí de espaldas y lista. Después pedí a la señorita mostrarme la radiografía. Me mostró la que fue tomada de lado. Me sorprendió. Mi concepto de la placa que habían puesto en mi pierna y lo que vi en la radiografía eran completamente distintos. Tendría que esperar una semana para ver la radiografía de frente para tener una idea más cabal del asunto.
Les dije que el doctor Garay había pedido las radiografías y deben ser entregadas a él. Me aseguraron que así sería. Subí a visitar los de la Clínica Familiar y bajé a Mecanoterapia, dando un saltito para visitar a la señora Gloria, Vióli y las demás de Medicina Física. Entonces regresamos a casa.
A la semana me tocó mi control con el doctor Garay. Durante la semana había contemplado las fotos del accidente que habían salido en los periódicos. Pude apreciar lo cerca que estuvimos Lucha y yo de perecer en el accidente. Pensé que al doctor le gustaría ver la foto en que se puede identificar dónde estaban nuestros asientos. Por eso llevé el periódico al hospital.
Llegando al hospital hicimos los trámites de admisión y fuimos a sentarnos en la sala de espera de la sección de consultas. Después de un tiempo oímos claramente "Wood". Contesté "presente". Una auxiliar se presentó a preguntarme si alguien me acompañaba. Allí estaban Milagros y Jenny. Entonces dijo que el departamento de radiografías no había querido entregar las radiografías al doctor. Saqué el recibo de mi cartera y Milagros fue a recogerlas. Se las entregaron y ella las llevó al consultorio del doctor. La próxima vez que oí "Wood" me levanté y fuí al consultorio seguida por Jenny y Milagros. El doctor les hizo entrar también. Como él ha sacado varios "slides" de las distintas etapas de mi recuperación para utilizarlos en la enseñanza de futuros médicos, él sacó fotos para slides del periódico, de mi persona (con bastones pero sin apoyarme en ellos) y de mis radiografías. Le pedí explicarme dónde había colocado la placa. Me señaló que corre a lo largo del muslo por unos 20 centímetros y cambiando de dirección se separa en dos tiras que cruzan la rodilla reconstruída de un lado a otro.
Hablamos de mis progresos. Mi brazo y mi mano funcionan bien. Camino con bastante facilidad utilizando los bastones. Puedo quedarme parada sobre los dos pies, sin apoyo, para conversar, limpiar los dientes, etc. Con un poco de apoyo y algo más de dificultad puedo subir y bajar gradas.
Lo que no podía hacer todavía era doblar normalmente la rodilla izquierda ni poner todo mi peso sobre la pierna izquierda. Esta situación mejorará con el tiempo y el ejercicio. De día en día los músculos del muslo y de la pierna están asumiendo su papel y hay menos tensión sobre la rodilla misma.
De un momento a otro el doctor dijo, "Ya es hora de gozar de las playas norteñas. Si puede venir a Lima de aquí a unos seis meses, avise a su nuera para que le separe la cita."
Así que ya hicieron por mí todo lo posible. Ahora es asunto de ejercitarme para conseguir y mantener la flexibilidad de mis miembros y de esperar que las heridas terminen de sanarse.
Todos mis amigos del segundo y del cuarto piso recibieron la noticia gozosos aunque esto puso fin a la fase activa de nuestra amistad.
Regresé a casa contenta. Allí quedaban algunos asuntos familiares para atender pero ya se vislumbraba mi regreso al norte.
Tenía muchísimas ganas de llegar a Pacasmayo, y mis amigos pacasmayinos me reclamaban. Pero todavía era una persona dependiente y tuve que esperar pacientemente hasta que Juan y Milagros consiguieran la cuenta del hospital para presentar a la compañía responsable del accidente.
Milagros trajo la cuenta del hospital el lunes, 6 de marzo. No pude viajar el martes, 7, porque no habría tiempo para comprar el boleto y avisar a los hijos que estaban en Trujillo. Para el miércoles, 8, dos amigos del hospital pensaban visitarme. Si es que llegaban, serían los primeros y últimos en venir hasta la casa. Así que decidí esperar un día más.
¡Cuánto me alegra haberles esperado! Edgar y Nancy, muchacho emprendedor y enfermera llegaron, y juntos hemos rememorado muchos incidentes de mi hospitalización. Al mirar al álbum de fotos me han puesto al día. El doctor Repetto se jubila al fin del mes y el doctor Palomino ocupa su puesto. La señora Irma ha sido ascendida a un puesto de administración, siendo reemplazada por la sra. Juana. Lupe, una auxiliar magnífica, ha pedido su traslado a su tierra, Iquitos. La enfermera Yolanda había sido operada ese día de cálculos a la vejiga. Ya estaba en la sala de recuperación y al día siguiente iba a ocupar una cama como paciente en la Clínica Familiar. Una enfermera llamada Carmen se fue a trabajar en una clínica. La otra enfermera Carmen ya dió a luz pero no sabían si había sido varón o mujercita. La enfermera Cecilia se cayó por la escalera y se rompió tres costillas. Las enfermeras Yolanda y Juana y la auxiliar Rosita entre otras han recibido ascensos. La señora Iris sigue siendo juguetona y conversadora. La paciente Carmen Paredes, después de un año en el hospital, se fue a su casa sin aprender a caminar. Todas quisimos ayudarla, pero ella tenía tanto temor al dolor que se fue sin rehabilitarse. ¡Qué pena!
¡Cuán rápido cambió mi familia hospitalaria! ¡Nunca les encontraré juntos otra vez! Pero ya les tengo en mi corazón y en mis fotos. Espero ver a algunos de ellos en el cielo. La visita de Edgar y Nancy cerró mi estadía en Callao con broche de oro.
Una vez que tenía todos los documentos necesarios, saqué el dinero cuidadosamente guardado para mi pasaje aereo. Mi rodilla no estaba en condiciones todavía para soportar un viaje de diez horas hasta Trujillo en ómnibus. Así que, hacía dos meses que había apartado el dinero para ir en avión. Dudaba que sería suficiente en vista de las últimas alzas de pasajes. Sin embargo, cuando Juan fue a comprar el pasaje le dieron un descuento por pagar al contado, más otro descuento por la edad y estamparon en el boleto: JUBILADO.
¡Viva la tercera edad! Celebré mi llegada a esta etapa de la vida volviendo a la actividad. Hace un año ya tenía artritis en tres dedos, señal del paso de los años. Tomé tanta vitamina B en el hospital que ya no tengo artritis. Este cuerpo todavía tiene vigor y no sabe nada de jubilación. Fuí al norte usando bastones, pero decidida a independizarme de ellos tan pronto como la pierna izquierda estuviera suficientemente fortalecida.
Llegué a Trujillo un jueves. El sábado Felipe quiso llevarme con un grupo de amigos a visitar Fénix, la fábrica de cocinas Surge en Trujillo. Yo le dije que no me parecía bien caminar por más de una hora. El dijo que tomaba casi exactamente una hora para conocerla, de manera que fui, a pesar de mis dudas.
Fue muy interesante conocer los distintos procesos por los cuales tienen que pasar las láminas de acero para poder salir de la línea de montaje como cocinas. Empezé la visita animosamente dando pasos largos. A la media hora empecé a acortar el paso. Después comencé a sentir cansancio y disminuir el paso aún más. Al llegar al último portón, Felipe fue a traer refrescos. En eso, me sentí demasiado débil para dar un paso más. Juan llgó desde atrás justo a tiempo para sostenerme cuando me vino un desmayo. Aunque fue una reacción pasajera, era un indicio más de que yo, siendo la enferma, comprendo mejor los límites que mi cuerpo todavía me impone y no debo dejar que otros, por bien intencionados que sean, me lleven a intentar actividades más allá de las fuerzas y habilidades adquiridas.
Ya estaba en el norte, gozando de estar con Felipe, Jenny y Esteban otra vez. Me quedé en Trujillo algunos días para presentar las cuentas a la Empresa Vulkano para que se haga responsable de los gastos y la indemnización correspondiente. Se notaba que no tenían la intención de pagar todos los gastos y habría que andar tras el administrador día tras día para que escribiera el cheque que pagaría la hospitalización, aunque no la medicina. Decidí dejar todo en manos de Felipe para proseguir mi viaje y llegar, al fin, a Pacasmayo. ¡Me había tomado más de nueve meses para viajar los cien kilómetros de Trujillo a Pacasmayo!
Los pacasmayinos me recibieron con los brazos abiertos y me apoyaron en todo, tal como mi corazón me decía. Las pacasmayinas me mandaron comida, me regalaron fruta, pidieron mi ropa para lavar, me lavaron el pelo, me cambiaron las vendas cuando se produjo una infección en la rodilla, me acompañaron al centro cargando mis paquetes. Valía la pena esforzarme para estar con mi gran familia pacasmayina otra vez.
Parece que toda persona que se salva de morir en un accidente reflexiona sobre lo que hará con el tiempo de vida que le queda. En mi caso, también he reflexionado sobre mi identidad, porque, no habiendo nacido en el Perú, no estaba exactamente satisfecha con la manera que me identificaron en el hospital.
En un sentido, mis padres, al inscribirme en los registros públicos, decidieron que yo era Eldora Grace Wood. Pero cuando mi mamá me llevó a la escuela me matriculó como Grace Wood porque decía que no quería que nadie nos confundiera y todo el mundo la conocía a ella como Eldora. Así, mientras estudiaba y trabajaba en los Estados Unidos fui conocida como Grace Wood, aunque para toda documentación oficial tenía que poner E. Grace Wood o Eldora Grace Wood. Pero, por más que me esmeraba en escribirlo correctamente, a veces salía algún documento que decía Grace E. Wood o Grace Eldora Wood.
Pero, al venir al Perú, tuve que agregar el apellido materno, Vanetta, a mi nombre, aunque de verdad no sé si se debe escribir con una o dos "n" o con una o dos "t". Al casarme con Octavio Polo, me convertí legalmente en Eldora Grace Wood Vanetta de Polo, aunque prefiero sencillamente Grace de Polo.
Bien, ¿a qué viene todo esto? Es que en el Centro Médico Naval parece que en las diferentes historias mías, en Traumatología, en la Clínica Familiar y en Medicina Física me han inscrito en diferentes maneras. Después de salir del hospital, en mi primer control con el doctor Garay, me di cuenta que para él era la señora Woods Vanetta. La mayoría de las enfermeras y auxiliares me decían la señora Wood y la inimitable Iris me llamaba la señora Gugú.
Pero, ¿qué son los nombes? Son un instrumento legal para identificar a la persona. De manera que yo esperaba que todas las cuentas del hospital iban a salir con el mismo nombre para que la compañia responsable del accidente aceptara la cuenta total. ¡La cuenta salió con el nombre Gerache Wood Vanneta! ¡Qué chasco!
Pero, yo soy mucho más que un nombre. Soy esposa, soy madre, vecina, amiga, paciente y mucho más. Sobre todo, soy una persona responsable delante de Dios y los hombres por mis pensamientos, hechos y palabras. Antes del accidente era una señora llena de salud y de proyectos para el presente y el futuro. Al accidentarme la vida tomó rumbos completamente inesperados y por eso decidí escribir mis "aventuras", que han sido tan singulares para mí. A través de todo esto llego a la siguiente conclusión.
Como una persona responsable he estado consciente de la presencia de Dios y Su bendición durantes todos estos meses. Siendo que el Señor no quiso llevarme a la mansión celestial todavía, viviré para El aquí en la tierra. Con un canto en el corazón viviré gozosamente, en paz con Dios y al servicio del prójimo.
Este libro ha sido escrito,
diagramado, tipeado y
compaginado por su autora
"la accidentada"
Grace Wood de Polo