LA AMISTAD ES UNA DULCE RESPONSABILIDAD

A Soco, Vicky y Olguita

Erase una vez, una niña tímida y solitaria, temerosa de la gente, de las risas burlonas y de los comentarios maliciosos. Iba por la vida sin confiar en nadie, sin la alegría propia de su infancia, sin el optimismo y la ilusión de su corta edad, sólo le satisfacía ir a caminar sola por el parque.

Hasta que una primavera, contemplando las flores en capullo, sintió la presencia de una personita cerca de ella, se miraron, sonrieron y sin hablar se acompañaron. Al día siguiente se encontraron nuevamente, y al otro, y al otro... ¡ya tenía una amiga! Su tranquilidad, su silencio, su dulzura, su atento servicio, inspiraban confianza en la niña. Las pocas veces que hablaba su amiga nunca la interrumpía, ya que aprendió de ella que "El que poco habla piensa mucho, el que busca la paz individual contribuye al bien común, que cada minuto es un milagro que no puede repetirse." Sintió que había encontrado su alma gemela y se llenó de confianza en sí misma y en todos los que le rodeaban.

Y llegó el verano, ardiente y fogoso. Una mañana soleada, estaba la niña meditando bajo la sombra de un frondoso ciprés. Su rinconcito preferido del parque estaba ahora poblado de niños. El murmullo era constante e impreciso. Se puso de pie, se ubicó, y lentamente caminó hacia un grupo. Al acercarse la niña, levantaron vivaces la mirada, y una carita, con ojos, labios y manos la invitó a sentarse junto a ella. "Enjuga amiga - le dijo - las lágrimas de tus ojos, y empieza a vocear tu optimismo por el mundo; alimenta la esperanza en los corazones, que esa es nuestra tarea." Enseguida le enseñó a cantar en coro, a reír en carcajadas, pues esta segunda amiga le demostró que varias voces suenan más que una sola, que la compañía es un tesoro, que solitarios somos débiles y que solidarios, poderosos y felices. Desde ese día en su pequeño mundo reinó la alegría.

Mas llegó el otoño, las hojas de los árboles formaban una alfombra espesa en el solitario parque, en otro tiempo este hecho la hubiera llenado de tristeza, pero ahora no, deseaba asimilar más y más lo que sus amigas le habían enseñado y para que la memoria no osara arrebatarle sus recuerdos, se dispuso a escribir en su cuaderno de notas. Pero alguien le interrumpió diciéndole: - ¿Qué haces?

- ¡Ah! Pues plasmando en unas cuantas líneas lo que tengo aquí en la cabeza.

- ¿Y qué tienes en la cabeza? - volvió a preguntar.

- Pues... pensamientos, ideas.

- ¡Qué bien!, con eso podemos hacer mucho.

- ¿Si?, ¿tú crees? -preguntó con vivo interés la niña.

- ¡Claro que creo!, pero dime, ¿te gusta el Otoño?

- Sí, pero prefiero el Verano.

- Entonces ¡hagamos volver el Verano!

- ¡¿Cómo?! - replicó la niña.

- ¡Muy fácil!, te lo explicaré. Limpiemos las hojas, coloquemos en la punta de aquel árbol un enorme sol de papel dorado, su reflejo iluminará más las hojas y en este parque será para nosotros ¡Verano!

La niña dudaba, no era fácil aceptar la propuesta de esta personita tan especial.

- ¡Hey, ayúdame! - le insistió.

Entonces limpiaron, acomodaron, alistaron, se encaramaron a la punta del árbol, ¡uf! Y al fin terminaron. Sus ojos no podían creer lo que veían... ¡Sí, realmente en su parque no se había retirado el verano! Y la niña encontró así a su tercera amiga que le hizo partícipe de su secreto: "Si tú puedes creer, todas las cosas son posibles al creyente. Con entusiasmo se plasman hermosos ideales, con osadía se acometen honrosas empresas y si tu quieres, puedes." Desde ese día, la niña supo que nada es imposible para una persona profundamente comprometida.

Y llegó el invierno con su vaho de fío helado, pero la niña tenía calor dentro del pecho,. ¡tantas personas por conocer! ¡tanto mundo por recorrer!, ¡tantos proyectos por realizar! Se miró al espejo. Su carita antes pálida, ahora se tornaba sonrosada; su mirada sombría, ahora era vivaz; sus labios apretados, se entreabrían ahora en una sonrisa.

¿Quién la había transformado? La respuesta era indudable: ¡Sus amigas! Fue recordando la suavidad de su primera amiga... el alborozo de la segunda... la magia de la tercera... Y en su cuaderno de notas escribió: "LA AMISTAD ES UNA DULCE RESPONSABILIDAD."

El ¡Tan, tan! de la puerta interrumpió sus reflexiones, miró por la ventana y ¡Oh, sorpresa!, ¡sus amigas allí! Abrió la entrada de par en par, se abrazaron fuertemente. ¡Qué feliz coincidencia!

La primera amiga cogió las manos de todas, comunicándoles su simpatía. La segunda amiga jugó a cambiarles de nombre. La tercera amiga las invitó a programar el maravilloso viaje que harían juntas. La niña respiró hondo, sonrió y sintió, por primera vez, la felicidad plena; es que la amistad había dado sus frutos, nunca moriría.

 

KITTY ALVARADO DE CAVA. - Trujillo, 1949
Profesora - Colaboradora de diarios y revistas. Directora de la Revista "Somos Mujeres".


LA NOCHE BUENA DE CLAUDIO

Eran las nueve de la noche del día 24 de diciembre cuando Claudio volvió a su casa, un cuartucho ubicado en una de las sinuosas calles de El Porvenir.

Era el hermano mayor de los ocho hijos que tenía su madre. Su padre lo abandonó antes de que él naciera. Claudio había cumplido ya los nueve años. Esa noche tenía puesta una camiseta, desteñida y llena de agujeros, los pantalones habían perdido también su color, por el uso y los remiendos. El chico estaba temblando como una hoja. El miedo lo sobrecogía. Parecía uno de esos perritos asustadizos que tiritan ante el ruido de los cohetes. Tenía una bandeja de lata debajo del brazo y sus ojos estaban llenos de lágrimas. Atisbó por una rendija de la puerta de cartón mal claveteada, y vio a su padrastro sentado en la banca con un vaso en la mano y varias botellas vacías sobre la mesa. Estaba ebrio, como de costumbre, en compañía de dos hombres. El corazón del chico le palpitó con fuerza, como un pajarito que quisiera escapársele del pecho. Tenía miedo hasta de respirar. Permaneció indeciso un instante junto a la puerta, hasta que se decidió por fin a entrar. Su padrastro al verlo no pudo contener la cólera.

- ¿De dónde vienes a esta hora, so granuja?... ¿Qué cara es esa? ¿Dónde está el dinero?... ¡hijo de tu madre...! Y otras palabras más le dijo.

Y como el chico callaba le interrogó de nuevo, con dureza: -¿Dónde está el dinero?... ¡maldito!... ¡responde!... so m...

Entonces, Claudio habló entrecortadamente, casi llorando:

- Yo estaba en la puerta del Coliseo... en la bandeja quedaba solo una papa rellena... un muchacho me pidió que se la vendiese... cuando se la había ya comido y le reclamé que me pagase, se acercaron tres muchachos más... me golpearon la cabeza... me cogieron de los brazos... metieron sus manos en mis bolsillos... y se llevaron la plata...

- ¿Y tú que hiciste, pedazo de imbécil?

- Yo grité, pero nadie me hizo caso...

- ¿Pero, es que acaso la calle estaba desierta?

- Habían unos hombres, pero estaban lejos y tal vez no me oyeron.

- ¿Crees que me voy a tragar ese cuento so mal nacido?... ¡lárgate ca...! y no vuelvas a asomarte por aquí sin el dinero porque te rompo el alma!... Y sin que Claudio lo advirtiera le tiró con todas sus fuerzas un botellazo en el hombro que le comprometió la arteria del cuello, que le hizo sangrar y estremecer de dolor.

El chico salió llorando sin saber a donde ir.  Llegó a la carretera.  Los ómnibus que hacían servicio a Trujillo estaban repletos de gente, y además él no tenía ni un centavo para pagar su pasaje.  Al pie de la pista estuvo mucho rato: sus ojos se cansaron de ver faros encendidos que iban y venían, llantas incansables de rodar sobre la pista asfáltica, y el viento fresco que ya le estaba enfriando los huesos... Hasta que un buen hombre le hizo subir en su colectivo un tanto destartalado.  Bajó en una de las calles céntricas de la ciudad.  ¿Dónde encontraría a los que le habían robado su dinero?... ¿se lo devolverían si él les contaba toda la verdad, de que lo habían botado de su casa por no haber llevado el producto de la venta?

Claudio caminaba por una calle y por otra como un autómata.  Veía por su lado a infinidad de personas: hombres,mujeres niños, ancianos... unos iban y otros venían.  Las calles hacían gala de sociabilidad y concurrencia.  En las esquinas, canastas repletas de panetones de Pascua con almendras dulces y pasas sin pepa... ¡que provocativo era todo esto!... ¡qué bien olía!... pero que trágico resultaba para el estómago vacío de Claudio... ¡Qué felices deben ser los niños que tienen siquiera, un pedazo de pan para su hambre! pensaba, mientras tragaba saliva y seguía de largo...

Estacionados en las plazuelas y a lo largo de las veredas veíanse a los vendedores ambulantes de juguetes... él nunca había disfrutado la dicha de tener uno... ¡y son todos tan bonitos!... suspiraba...

Había oído contar a las vecinas, que en la Noche Buena los niños escriben al Niño Jesús, y dejan sus zapatitos sobre la ventana para que les ponga juguetes.  Pero él no conocía a ese Niño Jesús... ni sabía escribir... ni tenía zapatos... ni tenía ventana... Y recordó su casa, un cuarto inmundo, en donde dormían amontonados todos los hermanos sobre una estera grande, y su madre... y su padrastro..., y en donde se ahogaba de calor cuando llegaba el verano porque no había ninguna ventana ni respiradero, y en donde se morían de frío con la llegada del invierno por lo delgado de las paredes, y es porque la lata y el cartón no guardan abrigo en esa época.  Recordó los gritos de sus hermanitos al ser despertados a latigazos cuando venía borracho el que se decía jefe de la familia... Una ola de tristeza lo invadió.  Pero no quiso pensar más, y siguió caminando por las calles vestidas de fiesta.

En la esquina, un remolino humano se agolpaba en gran algarabía; al centro un kiosko adornado de globos y juguetes, pero su alegría fue grande al ver colgado un avioncito de cuerda en actitud de vuelo, y ya no pudo más, llevado de su entusiasmo infantil acarició con emoción mal contenida el juguete que tanto lo había impresionado.  En ese instante se oyó una palabrota y un ¡largo de aquí, ladrón!... Y de un empellón, Claudio fue a dar en medio de la calle.  El muchacho tambaleó y se arrastró llorando, como se arrastra un animalito herido.  Estaba agotado.  Le sangraba el hombro, y el cuello le dolía horriblemente.  Como pudo, empezó a caminar.  En mitad de la cuadra se detuvo.  Sus piernas se nagaban a dar un paso más.  Se sentó en el suelo, se recostó junto a la ventana de una casa y siguió llorando inconsolablemente, mientras las campanas de las iglesias se echaban al vuelo jubilosas, ignorantes de su tragedia, y mientras los fieles acudían presurosos a los templos olorosos de incienso y desbordantes de luz.

En ese instante, Claudio sintió el más tremendo de los desamparos, se sintió abandonado y solo en medio de la noche: arrojado de su casa a botellazos... hambriento, tratado de ladrón... estrujado por un hombre que le hizo sangrar su herida sólo por acariciar un hermoso juguete... ¡Qué malos son los hombres!, pensaba, pero ¿es que así será la vida?  Y cansado de tanto llorar teniendo por alcoba una vereda fría y por solo testigo un cielo deslumbrante de estrellas, se quedó dormido.  Y soñó.  Soñó que una gran luz lo cegaba... Y luego vio en medio de esa luz, una cuna de paja.  Y dentro de la cuna un Niño que se incorporó al verlo y le sonrió largamente.  Luego el Niño bajó de la cuna, se le acercó y con sus deditos le limpió las lágrimas y le volvió a sonreir.  ¡Qué tierno fue todo esto!

Luego le dió un beso en el brazo herido y lo condujo a una hermosa pradera bordada de lores bellas donde pastaban tranquilamente una vaquita y un buey, los dos amigos preferidos del Niño.

Después lo llevó a la ciudad de los juguetes: allí habían trencitos de todos los tamaños, autitos de todas las marcas, payasitos de todos los colores, pelotas grandes y chicas, bicicletas, patines, caballitos para pasear... Luego le mostró muchos, pero muchos avioncitos de cuerda, y le dijo: "son tuyos, juega con ellos".  Claudio desbordaba de alegría.  Ya no le dolía el brazo.  Ya no se acordaba del pasado.  Era feliz, inmensamente feliz, tenía no un avioncito sino muchos que el Niño le había regalado.  Después lo llevó a una mesa servida de las mejores pastas, chocolates y biscochos y le dijo: "escoge y como lo que te guste".  Claudio comió hasta saciar su hambre, nunca había probado dulces tan deliciosos.  El papá de este Niño debe ser muy bueno y muy rico pensó:  "si mi papá no se hubiese olvidado de mí estoy seguro que también me habría comprado juguetes y muchos biscochos como estos" suspiro Claudio.

A lo lejos oyóse el tañido de una flauta y misteriosamente comenzaron a hacer su aparición muchos ángeles, Claudio nunca había visto de cerca a un ángel y se llenó de asombro.  Eran niños respandlecientes.  Ellos sonrieron y de la mano se lo llevaron a jugar.  Mucho rato jugaron en toboganes de cristal y en columpios dorados.  Se trepaban por las estrellas grandes.  e montaban en sus puntas cual si estuviesen en caballitos de madera.  Cogían con sus manos los pequeños luceros regados en los jardines.  Se acostaban de espaldas en las nubes de algodón y se dejaban llevar en las alas de los vientos.  Pero mientras estaban entretenidos en sus juegos, comenzaron a sonar las campanas del cielo y se escucharon las campanas de todos los templos de la tierra.

Hicieron su aparición los apóstoles, los patriarcas y profetas del antiguo testamento, los santos y los mártires de todos los tiempos... Y miles de ángeles con sus alas de plumas y trompetas de cristal entonaron el aleluya más hermoso que han escuchado los siglos... Claudio estaba confundido.  Presentía que un poder misterioso había en todo esto, y ya no pudo más, en un arranque de coraje le preguntó al Niño: ¿"Y tú quién eres"?... El Niño le contestó: - "El mejor de tus amigos": "Desde hoy serás mi hermanito predilecto y mi Padre será Padre tuyo también para toda la eternidad"... Luego le tendió los brazos y lo estrecho contra su pecho.  Claudio no pudo contener la emoción y dos lágrimas de felicidad rodaron por sus mejillas mientras sus labios de niño triste, sonreían.

A la mañana siguiente del día 25 de Diciembre dos policías que hacían la ronda dieron cuenta a los periódicos locales sobre la muerte de un chico en plena vía pública.  Posiblemente  -dijeron- se trata de un ladronzuelo que al querer penetrar por una ventana para robar, ha roto la luna hiriéndose él mismo la arteria del cuello por donde se la ha escapado la vida.  Lo raro, han dicho los policías, es haberlo encontrado con el rostro iluminado por una luz extraña.  Parecía muy feliz.

Y los guardadores del orden no pudieron dormir varias noches, pensando en la carita sucia, radiante de dicha, del muchachito muerto.

ELIA ALVAREZ DEL VILLAR REVOREDO.- Trujillo 1919.
Doctora en Educación.  Ha publicado "Ocho Lustros Trabajando por el Arte", 1985.  Historia, Cuentos y Leyendas de Sauce", 1994.  Inéditos: Cuentos. Tríptico Griego (Poesía).
Ilustración: Lucy Mantilla.


SEPULTURA DE MAGDALENA

Cae la tarde ausente. Amenazante y fría, acompaña mis ideas que, vertiginosas, ruedan una tras otra, estrellándose contra el gris del escritorio. Recuerdo claramente aquel día: sobre mis rodillas, lloré infatigablemente, mientras Rubí me advertía:

No te asustes, cuando este mundo te muestre la cara de lo absurdo, y te obligue a contemplarla.

La quietud se adueña de mi cuerpo, y con ello el sopor. Por un momento, la utopía, la nada. Después, una inmensa taza con líquido oscuro y Magdalena dentro de ella. La mujer tiene el cabello largo y negro confundiéndose con el café. Sus ojos tristes parecen pedir piedad, un vestido cubre casi todo su cuerpo.

La faz manifiesta una ancianidad siete veces mayor que sus veintitantos. Se nota cansada y parece haber caminado mucho, sin haber logrado salir de la taza-prisión.

Camina con torpeza, se sienta. Partículas de azúcar se alzan como pequeños monstruos para apedrearla. Magdalena observa frente a ella el cuadro de la Pecadora: a un costado, la oveja redimida; al otro lado, los jueces; atrás, la verdad. Alrededor, los falsos redentores de ovejas convertidos en partículas, siguen apedreándola violentamente.

Magdalena percibe el calor del café y un canto que sale del fondo. Ella calla. En silencio, con la frente teñida de rojo, se acomoda para escuchar:

"...De pronto se descubre un submundo expatriado
por el padre
en el que habitan también,
hijos expatriados.
¿,...escuchas mujer,
escuchas María,
escuchas Magdalena?"

Con el rostro desfigurado por las heridas, busca un camino para llegar hasta ia orilla de la taza. Pero no hay nada ni nadie donde asirse y salir de aquel encierro. Llora, cae varias veces. Grita de dolor. ¡Quiero salir, basta ya, callen, callen! Nadie escucha, sólo hablan y hablan los jueces autonombrados, sólo ellos se escuchan entre sí. Allí están, vestidos de ovejas con cuerpos de serpiente.

Magdalena, nuevamente, hace otro esfuerzo por salir de la taza prisión, pero sus pies resbalan. El café mece su silueta. Sus pensamientos, ahora inviolables, se asoman cautelosos a un escenario estrecho, sofocante y enigmático. En él, aparecen sombras de humános. Están representando el gran teatro del mundo. Magdalena observa la miseria en todas sus formas y en cada escena: "Cuánta razón tenía el autor: unos pobres, otros ricos, unos ricos, otros pobres. Extraña paradoja la de aquellos que, teniéndolo todo, siguen siendo un pobre hombre, una mujer... una partícula inerte, sin vida. Quizá nunca conocieron este lugar, al que sólo Ilegan aquellos caminantes, dadores absolutos de su universo, y por ello, los acusan de victimarios. No importan los calificativos si el alma se ha engrandecido por el gozo, que como el dar, es también absoluto".

Piensa queda, dolorida y extenuada. El café nuevamente la recoge, lavándole los ojos, la boca, el pecho. Las partículas- verdugos pretenden morder su piel. Ella sonríe, ya nada parece herirla, pero sangra por sus heridas ancianas. Se cubre con miel.

Entreabre sus labios para dejar salir su canto:

"Cultivo dulzura en mi frágil tierra que deja crecer infinitas flores. Y Esperanza, jardinera, me lleva en su mano".

El café, ahora frío, la estrecha y la atormenta junto al ruido de andar sobre sus propias pisadas. Ella se envuelve con su traje azul, se maquilla con alegría y se perfuma con la verdad. Después, su boca se abre involuntariamente, para dejar escapar una sentencia:

"¡Ay de aquél, que perteneciendo al pobre barro humano se atreva a tirar la primera piedra sobre mí! ...Serán muertos, vivirán sin vida y por siempre apedreados".

Magdalena llora, recoge sus lágrimas en pequeño cofre, lo guarda en su pecho de olas níveas y exquisitas. Ante tanta belleza, la loza de la taza se quiebra dejando escapar el oscuro líquido. Por fin, ella queda libre y exhala el aroma del viento, que suavemente besa su rostro ahora sereno. Siete de la mañana. Mis ojos se abren con dificultad. El aroma del café invade el ambiente, mientras una voz vencida por el tiempo llega desde el comedor: -La mesa está servida. Observo el café, sin Magdalena. Quedó sepultada en mi sueño, en la taza, en el café. Recuerdo a mi padre. Me siento empequeñecer. Corro hasta ella, Magdalena, y la beso muchas veces.

Del Libro "AL MARGEN DE LOS ABALORIOS" Chiclayo-1991

RITA CORONEL DEL CASTILLO.- Lambayeque.
Obras publicadas: "Varión y otros cuentos", "Cuéntame un cuento" (Obra de Teatro), esta obra obtuvo el Primer Premio Compartido del Instituto Save The Children. "El Margen de los Abalorios".


MARIA PINTADA EN AZUL

El drama de Otelo llega a su fin. Poco a poco, la atmósfera borrascosa y de profunda melancolía que comunicaba la sala plena es remplazada por una euforia incontenible El público delirante y apasionado de la lírica, aplaude de pie entre suspiros y sonrisas.

El telón sube y baja repetidas veces. La prima donna que minutos antes, con ia muerte agazapada en un rincón y transmutada de dolor, cantaba su propia agonía, temblorosa aún por el desfase violento de su personalidad, ríe y se inclina una y otra vez. La realidad, íntimamente ligada a la fantasía, abraza a la propagonista ataviada de azahares y rosas.

Yo estoy acorralada entre butacas atiborradas de gente presa de una agitación incontrolable por la obra que colmó todas sus expectativas. Y es entonces que comprendo anonadado, que el cantante sin público pierde toda su grandeza, su hado, su luz. Los intérpretes del Bel Canto, sin aplausos, se esfuman en la nada. El artista que sale al escenario necesita del reconocimiento de los espectadores en las ovaciones de cientos de manos palpitantes. Sin auditorio, el hombre de tablas danza su real desventura. ¡Es tremendo! El triunfo está allí, noche tras noche, en cada función. Un éxito terriblemente ingrato que recuerda la triste muleta del torero, luego de un capote extraordinario. Ahucheos destemplados profanan el valor del hombre en traje de luces que no acierta en la estocada mortal. Las corridas de toros son degradantes y horrendas. ¿Por qué se me habrá ocurrido semejante comparación? En la ópera es peor aún. Ay de quien rompa la armonía del sonido con un simple acceso de tos. Pobre del cantante que la noche del estreno padezca de una desdichada afonía. ¡Adiós laureles! . No hay excusa que valga. El espectáculo prosigue. El público se impacienta y enseguida aparece el sustituto que esperaba desesperadamente su oportunidad. ¡Qué porquería! El actor, en instantes puede echar a perder años de sacrificio y lucha. Años de batallar contra la corriente entre envidias y mezquindades. Entre celos y disputas. La mediocridad, fuertemente enquistada en los medios artísticos, hace lo imposible por destruir el talento. Es capaz hasta de ahogarlo antes de permitirIe nacer. El artista que destaca, pese a los sinsabores y a las dificultades, vence a su vieja a enemiga, la mediocridad, y, como una antorcha olímpica el genio se enciende inmortal.

La noche de Otelo llegué tarde al teatro. Finalizaba el último acto y, a oscuras, no me fue posible encontrar a María. Unicamente al encenderse las luces la vi. Estaba dos filas más atrás y con los ojos fijos en el escenario. Completamente ajena al mundo exterior y fortalecida por la luz de todas las lámparas encendidas, exhibía sus delicadas facciones lastimadas de piedad por el impacto de la tragedia. El universo entero era impotente contra la tristeza magnífica de su felicidad contenida.

Abiertamente indignado, apreté los puños y sentí rabia. Una rabia sorda y patética. Sabía de un canto mucho más profundo y tierno que aquel que aun llenaba el espacio estremecido. En contraste con el clamor de la gente, reinaba para mí un silencio inmenso. El gozo de María revivía en su mirada apasionada. Ese maldito de Marquez en el papel de Otelo era el tenor que la seducía.

¡Mírame, María! ¡Yo también soy un artista! Quise gritarle, agitando mi pañuelo enamorado. ¡Soy pintor y de los grandes! ¿Es que acaso no lo sabes? Yo también embriago con mi arte independiente y personal. Es cierto que no soy ídolo de multitudes, pero conozco el sabor de la victoria. No me hace falta, felizmente, el registro cambiante de aplausos y gritos. Soy ajeno al histerismo colectivo. El triunfo está en mis manos, en mis sentidos, en mi propio fuego, en mi pasión. El público más bien me incomoda y trato de mantenerlo a distancia. Puedo caminar libremente por las calles y el vulgo no sabe quien soy. El arte de pintar es ermitaño, solitario e iluminado, como la literatura. La interpretación de la música y la danza, en cambio, comunican erotismo y excitan a la imaginación. No interesa que el grueso del público ignore, olímpicamente, al compositor. No hay duda que determinados sonidos gobiernan voluntades. Dicen que no hay nada más electrizante que la voz. No interesan los kilos amontonados en el abdomen de un gran cantante. En cuanto abre la boca y consigue un do natural, puro y aterciopelado, el mundo se rinde a sus pies irremediablemente. El sujeto puede ser un cretino, pero mientras canta es un rey o más que un rey.

Yo, como pintor, no estaré bajo ninguna circunstancia prisionero de fanático que, llegado el caso, junto con la tela de la camisa, son capaces de arrancarte en pedazos el propio corazón. Me quedo pensando un poco, o filosofando ¿no viene a ser lo mismo? y llego a conclusiones inquietantes: desde que traspasé la barrera del anonimato y la fama entró vertiginosamente en mi casa causándome auténtico asombro, una pintura mía puede permanecer encerrada en una biblioteca particular o arrinconada en un sótano y el cautiverio no impide que aumente su valor. Conseguir un Ferrini le arda a quien le arda, enardece a los amantes de la pintura, y esa vehemencia loca me favorece.

Ahora bien, debo confesar, con cierta melancolía, que son pocos los que comprenden cuánto me divierto o cuánto sufro pintando telas en las que prevalece el color azul. Cómo podrían saber que la obra es consecuencia de un largo período de desolación. Ni mis amigos más cercanos entienden el lenguaje de mi único medio de comunicación. Lo que sale de mi boca, lo que hablo en el idioma materno, resulta patéticamente trivial y por eso me enfurece y me entristece el destino de mi mundo interior. ¿,Quién me elogia? ¿,Quién me juzga? ¿,Qué están esperando para decirle a María que soy mucho más artista que ese oscuro cantante de ópera que inquieta su cerebro y agita su corazón?

¡María! Mi María. La veo sumida en un fervor intenso absolutamente cautiva del brillo de la voz que ardió con brío y me parece más bella todavía. Mi musa tiene alguna semejanza con las musas de Modigliani. Es como aquellas imágenes de retablo que calman tempestades y se mantienen neutrales ante ácidos comentarios. Estúpidamente andan diciendo por ahí, que soy desleal y además bastante cínico, sólo porque en más de una ocasión, he sugerido la compra de un cuadro que no era de los míos por diversión. ¿Y qué hay con ello? Yo soy el que pierde. Me entretiene confundirme con el público que asiste a las galerías los días corrientes. Los dueños del negocio me temen, pero sonríen. La gloria permite las travesuras. Y es que son, precisamente, los que no entienden ni un solo trazo de mis alegorías, quienes pagan los precios más elevados. Mis obras viajan por el mundo y son aclamadas permanentemente por la crítica. Y hablando de críticos... ¡Ah, una partida de bellacos, la mayoría. En confianza puedo declarar que no fue justamente mi arte el que se impuso en la exposición que me lanzó a la fama. Fue otra habilidad que distingue al hombre de la mujer y por siglos lo multiplica. Los artistas, todos sin excepción, sabemos cuánto dependemos del comentario favorable de los críticos especializados. Así mismo, somos conscientes de los factores que, ajenos al arte, entran a tallar en las opiniones de los entendidos. Y el más aberrante de todos: el hígado, órgano irremplazable y causante de casi todas las preocupaciones y males de la humanidad. Siempre he creído que los protectores hepáticos deberían repartirse gratuitamente en aras de la paz del mundo. Un jurado que sufre de acumulación de bilis, no puede ser imparcial. En cuantas oportunidades, yo mismo, he sido testigo de excepción de críticas malévolas a un arte impecable porque el responsable en emitir su veredicto, sufría de acidez estomacal. ¡Válgame Dios! Lo que cuesta llegar a la celebridad pocos lo saben. Y una vez en la cima, el compromiso es gigantesco. No es suficiente tocar las estrellas. Hay que mantener las luces encendidas en todo momento, al menos aparentemente. En la danza son las piernas y en el canto, la garganta, las delicadas herramientas de trabajo.

Sin piernas y sin garganta el bailarín y el cantante quedan relegados al olvido. En mi trabajo, gracias a Dios, estoy menos expuesto a los accidentes. Son mis manos el instrumento que trasmite la fuerza de mi calor. Estoy, indudablemente, en mejores condiciones que el artista de teatro. No me expongo a un traspiés o al ridículo. Tampoco a los imprevistos del cara a cara con los asistentes. Hasta me puedo permitir reirme a carcajadas ante el elogio exagerado de un cuadro pintado miserablemente, pero que lleva estampada mi firma.

María me malinterpreta a menudo. Dice que estoy hinchado de vanidad y que permanezco alejado de las realidades. (Cuando María habla de realidades, debo sonreír con disimulo). Insiste en que el juicio de los aficionados representa el juicio de la humanidad y tarde o temprano, según mi amada, el genio se levanta y arde imperecedero. Y yo prefiero callar. Detesto discutir con María acerca del reconocimiento póstumo. ¿A quién le interesa, honestamente, la gloria de los huesos bien ordenados, bajo el convencional terno azul?. El triunfo ha de saborearse en vida. Cuánto talento se habrá perdido para siempre por culpa de la censura y de la falta de oportunidades. María es una crédula soñadora, y su mundo camina de la mano con la magia. Y yo dejo bien sentada protesta. Si al menos supiéramos en vida que algún beneficio dejamos a la humanidad. María, como de costumbre, sin prestarme atención, repite que no hace falta poseer una gran cultura para apreciar la pintura y todo lo demás. O laten o no laten las fibras más hondas del espíritu. Caso contrario, el artista no logró comunicarse. En esto tiene razón. Finalmente las manifestaciones artísticas, cuando tienen vida propia, con la fuerza de un ciclón, se apoderan de nuestros sentimientos como un fulgor bendito y no hay nada más. En el sutil lenguaje de almas, la palabra suena desafinada y hueca.

De pronto me viene a la mente que en mi ascenso hacia la cumbre, yo era un hombre básicamente manso. Alejado de todo lo tenebroso, No conocía la envidia que degrada y corrompe. Ignoraba el temblor violento de furias descontroladas. Ha sido María y su rostro de ángel bueno la que terminó con la paz de mi existencia. Súbitamente siento que la cólera oscurece mi mundo de colores al mirar a María, transfigurada, con los ojos y el corazón envolviendo a Márquez en su desventurado papel de Otelo. Y yo, de ópera, entiendo poco. Siempre le corrí a la tragedia. Desde niño he huído de los dramas como del demonio, pero esa noche ingrata, la daga de Otelo penetró por mi mano en las entrañas de María manchándome de sangre celeste. En aquella circunstancia fui potencialmente un asesino. Tal vez porque en el teatro hay mucho de extravagante y de fantástico.

El éxtasis de un público cautivo sacude hasta los cimientos del entendimiento, y el amor precede al dolor y la traición a la locura. A esas horas ensimismado en mi papel de amante homicida, no reparé en que me iba quedando solo. ¿Sólo con la imagen de María clavada en la retina?

Para quien nunca ha estado en un teatro vacío, puedo decir que son húmedos y tremendos. El local que sirve de tribuna la censura, sin público, se llena de sombras malaventuradas que regresan, crecen y agreden. El espanto va y viene. Transitan los fantasmas. Yo mismo era una sola y triste cosa. Paul Fernini, reconocido universalmente como el señor de los pinceles, parecía un pobre vagabundo arrastrando su amargura por el pasillo alfombrado de púrpura.

Estaba solo. Terriblemente solo y nadie vino a decirme que me fuera. De súbito el teatro con todo su misterio me pertenecía, y ante mi asombro mudo, un espectro recorrió el escenario, deteniéndose a un costado, junto a las pesadas cortinas. Al momento reconocí a Márquez. El eco de su portentosa voz seguía vibrando todavía. Y fue en ese momento cuando tomé la firme resolución de enfrentarme a mi rival. Iba a esperarlo a la salida.

Al verlo de cerca, sin embargo, tuve serias dudas. Francamente no lo reconocía. Y las palabras murieron en mi boca al constatar, con maligna satisfacción, que su traje arruinado, y el rostro desfigurado por restos de maquillaje en los ojos, le daban la apariencia de un payaso. Un pobre é infeliz payaso. Resultaba imposible imaginar, al verlo bostezar soñoliento, que ese hombre, solitario y deslucido pudiese ser, por un instante, ídolo de multitudes y de María. Nadie creería que solamente minutos antes, fue capaz de arrancar ovaciones interminables a un público sofisticado y exigente.

El mundo estaba más loco de lo que yo había sospechado y toda mi ira se vino abajo al ver a Márquez echando mecánicamente llave a la pesada reja del teatro. ¡Pobre diablo! Además de cantante era portero.

Me quedé atónito. Seguidamente se levantó el cuello del saco en su intento de cubrirse la boca del frío intenso de la calle y se lanzó a caminar ligero.

Y mis bajos instintos salieron a relucir. Estuve tentado de alcanzarlo con el único afán de hacerle notar su desventura. Quería endilgarle mi propia desazón y mi pena que corrían parejas al rigor del viento. Pero un mínimo de orgullo me detuvo. Y únicamente lo seguí. Una curiosidad malsana me impulsaba a conocer el lugar donde vivía. A jugar por su aspecto, vería con mis propios ojos la clase de pocilga donde, seguramente, se encontraba con María. Y a pesar del paso ligero creí que no llegaría nunca. Se detuvo, no obstante, frente a una puerta de fierro carcomida por la brisa, y hurgó nerviosamente en sus bolsillos hasta encontrar la llave que estaría refundida. El miserable me enfrentaba a su pobreza que penetró en mi sensibilidad como tiro de piedra.

Mi presencia no pasó inadvertida y provocó su alarma. Me sentí obligado a decir algo.

– Estuve en el teatro- dije sin levantar la voz.

Y al instante, un intento de sonrisa suavizó su fisonomía dominada por el cansancio. El muy cretino me confundía con algún admirador enloquecido al punto de seguirlo en semejante noche. Su vanidad no se doblegaba ante la miseria. El asunto no dejaba de ser extraordinario.

– ¿Vive solo?, -pregunté imprudentemente.
- No siempre- dijo Márquez.
- Soy Ferrini. Paul Ferrini.
- ¿El pintor?

El tono de franca sorpresa me agradó. Sabía quien era yo y me sentí mejor.

- Lo siento. No tengo café y estoy agotado. De no ser así, lo invitaría a entrar- dijo Márquez, cortésmente, cortando el silencio de la noche.

- No se preocupe. Le ruego, más bien, que me disculpe- respondí cabizbajo.

Marquez me miró frunciendo las cejas y desapareció tras la puerta. Por la cara que tenía, no hacía falta ser adivino para entender que pondría la cabeza en la almohada y se dormiría inmediatamente. Ni por asomos iba a pensar en María y en su rostro adorable. Ni por un instante soñaría con la mujer excitada y risueña que es la causa de mis desvelos. ¡Maldición! Cuánto tormento fui capaz de almacenar al imaginar a María junto a ese fantoche que por alguna inexplicable razón colmaba sus fantasías. Y avergonzado por mi debilidad y mi estupidez, regresé directamente a casa. Una vez instalado en el confortable si11ón reclinable y en el calor de la sala sabiamente iluminada por las luces alógenas, decidí llenarme de ca1ma y aguardar. Esperaría el regreso de María protegido en mi atallier techado con cristales. Tenía 1a certeza de que María jugaba con Márquez. Se prodigaba voluntariamente al lirismo y fascinación de la música. María como los riachuelos, corría hacia la grandeza del mar y desaparecía tragada por las aguas. Yo la amaba justamente por ello. Vivía desconectada del fenómeno de la civilización y mi fortuna le era indiferente. Sin embargo acostumbrada a las pieles y a las sedas siempre impregnadas de un erotismo vago y natural, no cambiaría sus hábitos y el lujo que la rodeaba por muy entusiasmada que se encontrase con las notables facultades vocales de Márquez.

Y sucedió tal como pronostiqué, María volvió a mi lado y en mi propio pecho ilusionado recibí su júbilo y su llanto. Y a partir de entonces, cada noche, antes de que sorprendiese el sueño,.vigilaba atentamente su palidez de luna y me entendía con las estrellas.

Por mi seguridad estuvimos dos años fuera del país. María apoyada firmemente en mi brazo, como una niña maravillada observaba el fondo de las cosas. Pero la luna redonda y brillante no suele ser eterna y regresamos a Lima en pleno invierno.

La temporada de ópera, como de costumbre, empezó en Setiembre. María quiso asistir a todas las representaciones. Por el capricho de esta mujer mía, presencié el mismo espectáculo varios días seguidos. Y cada noche, en el hall del teatro, bellísimas mujeres me hicieron cumplidos y promesas. Yo, conscientemente buscaba los celos de María. En especial el día en que Márquez reaparecería en escena, después de un largo descanso. Pero María ajena a mi mundo, caminaba adelante, negligentemente, inclinando la cabeza con educación. Las elegantes señoras, que me sonreían encantadoramente, la tenían sin cuidado.

A la segunda campanilla, nos instalamos en la fila siete, la fila predilecta de María. Y no fue necesario que empezara la función para que la opresión del pecho y el instinto asesino, que yo creía desaparecidos para siempre, regresaran fortalecidos y con nuevos bríos. El murmullo del público se apagó instantáneamente, al levantarse el cortinaje y la sala entera vibró estremecida.

Pese a mi contrariedad, sonreí con sorna porque lucía estrafalario en su traje de Pierrot como Canio, en el Pagliacci de Leoncavallo, el susodicho Márquez. Los músicos de la orquesta, obedeciendo a la batuta del director, dieron inicio al drama expresado por medio de la música.

Insatisfecho, y con el fin de distraer mi atribulado corazón, seguí los movimientos del concertino y a la distancia se oyó el ruido de un tambor acompañado de una trompeta. Canio o Márquez, con la cara enharinada y las mejillas coloreadas, trataban de dirigirse a Ja multitud amontonada en el escenario, pero su voz se perdía en el espacio. Sonreí encantado. El cantante fracasaba. Cuando de súbito, una descarga limpia y fulgurante, subió hasta el cielo en la pureza de una voz realmente excepcional. Era como un largo latido de vida que iba creciendo y creciendo hasta terminar en un poema alucinante. Aquella voz milagrosa, a pesar de los pesares, ardía en cada ser y en cada cosa.

Nunca antes me había estremecido de ese modo la música. Nunca el dolor fue tan rencoroso. Respirando con dificultad desvié la mirada y la fijé en María. Mi María prendida de la voz del cantante temblaba de ansiedad y en sus ojos de amor caprichoso, resucitaba el fuego enamorado. Tomé firmemente su mano y la apreté con cólera. Pero ella estaba lejos, flotaba suspendida en la férrea voluntad del artista. Y me rendí. Llegado a ese punto, creí que moriría loco de celos y de impotencia. Mi lenta romería hacia un amor quimérico, terminaba allí, en el drama de la ópera, junto a una flor cuyo aroma exhalaba música, y en su dulce inconsciencia, tranquila y segura, apenas reparaba en mi persona.

Estaba claro María amaba la voz de Márquez y ninguna de mis telas, aunque retuvieran intacto el perfume de las rosas o de las lilas, llegarían nunca a la tierra gloriosa de su ficción.

Y aflojé los músculos agarrotados. Dejé descansar mi mente. Trataba de mostrarme indiferente y, cuando el segundo acto llegó a su fin, me puse. de pie, como todos. Una vez más escuché la melodía trágica impregnada de indescriptible agonía a mi propia agonía, y el rumor de mi pena se perdió junto al ritmo fatigado de un viejo corazón que aún latía.

Siempre supe lo que vendría cuando el teatro se mistificó como un templo y la elevaci6n general me arrastró también a mí. Y hundiendo mil dagas en mi pecho tan distante al de María, como todos, aplaudí rabiosamente.

La sala se fue quedando vacía. Vi salir a Márquez. Esta vez sin afeites y acompañado de dos esbeltas bailarinas. Me pareció que quiso decirme algo, en el idioma de las bambalinas, pero se limitó a sonreír. Gozaba de su efímero triunfo y me liberaba del deshonor causado por María.

El drama de la ópera, finalmente, ha terminado para mí. Es tarde. El tiempo que no se detiene transcurre de prisa. Me preparo para pintar al aire libre. La luna ilumina el atrio de la Catedral y pese al misticismo del lugar, el tema será festivo. Huyo del dolor como del demonio. La tela está bien tensada en el bastidor y mezcló las pinturas en la paleta. Un color desconocido surge desafiante. Palpo la tela con recogimiento y dibujo débiles trazos insinuando el cielo. La dicha de pintar me sacude, y lleno de devoción y esmero, preparo el tono que iluminará el rostro de María. Ella está en el atrio, danzando para mí, al amparo del viento enternecido. Puedo verla con la mirada hundida y anegada en el fondo de su propio abismo inmenso. María y su aroma incomparable, crece y me envuelve. Es extraño. No imaginé que la aflicción permitiese pinceladas tan perfectas.

El motivo es recogido de la vida real y la comedia responde a todas las preguntas. En el cuadro prevalece el color azul, el color de mis angustias, esperando que María, como el lucero al despuntar el alba, regrese, antes de que yo haya desaparecido para siempre.

ANA MARIA GANOZA VEGA.- Trujillo, 1942.
Obras publicadas: "Porque me gusta ser mujer"- Novela (1982), "Qué triste es la sierra cuando no es peruana" - Cuento (1978).


 

EL SEÑOR BARRA

La muchacha de jeans y zapatillas entró en el vestíbulo del elegante hotel con paso tranquilo y una tímida sonrisa que expresaba su ingenua esperanza. En el mostrador el encargado conversaba de fútbol con un empleado.

(Bueno, es mi primer día en este nuevo trabajo y ojalá logre venderle un aviso de página entera al gerente del hotel, que me daría muy buena comisión y podría por fin pagar el recibo de teléfono que ya va a vencer). Señor, por favor... (Pero...bueno, ¡oye! tú ¿qué te crees? ¡Esto es el colmo! ¿Te pagan por conversar de fútbol o por atender? Bueno, tranquilizante Ana María, ya sabes lo que no te debe faltar: paciencia y buen humor). Disculpe...¿,el señor Barra por favor? (¡Ey inútil! mírame al menos que te estoy hablando ¿o es mucho pedirte?)

- ¿Qué desea? - (¡Aleluya!) Buenos días. Mire, soy de la Revista "Sucesos" y quisiera conversar con el señor Barra. - ¿,De que asunto? - Es sobre un avis... - ¡Ah! Publicidad...Hum! Bueno, no sé...

(¡Baboso! Sí: Es publicidad ¿Y qué? No es asunto tuyo así que no me mires así ¿ya? Bueno, eso está mejor, coge tu teléfono y llama para que me reciban y no me malogres más el día que yo que estaba tan contenta ya me pusiste del mal humor. Y... ¡dale! ¿Qué miras? ¿Crees que porque vengo en blue jeans y zapatillas no puedo vender publicidad? Como se ve que eres hombre y en lugar de cerebro tienes la cabeza llena de hormonas. Sólo espero que tu jefe no sea un idiota como tú y ya haya superado esos complejos de macho latino).

- Sabe, va a tener que regresar otro día porque el señor Barra no la va a poder atender.
- Mire señor, yo hablé ayer con su secretaria por teléfono y me dijo que podía venir a esta hora...
- Señorita, le estoy diciendo que el señor Barra está muy ocupado y no la va a poder atender. Regrese mañana si quiere.

(¡Idiota! Y encima sigues con tu charla de fútbol como si nada ¿Qué te has creído? ¿Que soy invisible? Si fuera hombre... ¡te zamparía un puñete por malcriado y descortés! pero mejor ni amargarme, que sólo me voy a hinchar el hígado, ni insistir que ya ví que no voy a lograr nada de semejante bestia).

- Gracias de todas maneras (Y date con una piedra en el pecho que te doy las gracias sólo por educación ¡y ojalá tu mujer te ponga los cuernos!). Ha sido usted muy amable. (¡Baboso! Bueno, como dice mi jefa "lo peor que puede hacer un vendedor es pelearse con la gente". Lo único que me queda es regresar mañana).

Al día siguiente la muchacha regresó. Vestía una falda corta que destacaba sus piernas, zapatos de taco alto, el cabello suelto y un maquillaje esmerado. El mismo hombre de la víspera estaba hablando por teléfono cuando ella entró, pero esta vez cortó la comunicación en cuanto la vio entrar para acercarse sonriente al mostrador.

- ¿En Qué puedo atenderla?

- (¡Ay! Mírenlo pues... hasta el tono le ha cambiado... ¡estúpido! Ahora si me atiendes ¿no? ¡Ay Señor! ¡qué le vamos a hacer! Es hombre el pobre...) Disculpe usted, quisiera hablar con el señor Barra si fuera posible y usted fuera tan amable... (¡cara de tramboyo! A ver si ahora no me vas a atender...).

- Bueno; no sé si tendrá tiempo en este momento, sabe, porque está muy ocupado señorita, pero, mire, voy a hablar con su secretaria para ver de que manera la podemos servir...
- Muchas gracias (¡Tarado! ;Idiota! ¡Estúpido! ¡Imbécil!). Es usted muy gentil.

(Bueno, mientras espera me siento un ratito en el hall y que crean que hago estas gestiones todos los días y que soy "la más más" de las ventas. Me pregunto si puede alguien ser tan zonzo de no darse cuenta de que soy la misma chica de ayer... o ... ¿si se dio 7).

- Mire usted señorita, (miro yo señor...) el señor Barra está muy ocupado pero si espera unos minutos... voy a tratar de que la atienda.
- Gracias, es usted muy amable. Esperaré. (Zonzonazo, te crees el jefe de protocolo de la Casa Blanca. ¡Pobre de ti si no me dejas pasar, que ahí sí que se me acaba la paciencia y me vas a conocer!).

La joven se sentó en un sillón mientras los hombres que cruzaban el hall la miraban con interés. (Hummm! Gran cosa. Si vistiera jeans y una camiseta suelta ninguno se detendría a mirarme. Los hombres no son más bobos porque no son más grandes. Se tragan la imagen y no ven la persona). Unos minutos después salió de alguna parte un hombre de apariencia ejecutiva y se acercó a la muchacha.

- ¿,Creo que usted desea ver al señor Barra, no?
- Sí, efectivamente (¡Qué listo eres! ¿O creías que estaba aquí esperando un taxi?).
- Acompáñeme por favor.
- Con todo gusto (¡ya era hora!).

La joven siguió al hombre por un largo y oscuro pasillo para luego entrar en una elegante oficina alfombrada cuyas amplias ventanas daban a un cuidado jardín. El señor Barra, apariencia distinguida de unos cuarenta y pico años se levantó y la saludó cortésmente ofreciéndole asiento. El que había acompañado a la muchacha desapareció.

- Buenas tardes señor Barra. Mi nombre es Ana María Rodríguez y como sé que usted está muy ocupado le agradezco que me haya atendido.
- Nada de eso, es un placer, y ¿,en que puedo servir a una dama tan guapa?
- Bueno, muchas gracias. (Tenía que ser, todos son iguales y tú no escapas a la regla). Mire, yo he venido a ofrecerle las páginas de la revista "Sucesos" para la promoción de su hotel. En ese sentido nuestra revista actualmente tiene un tiraje de ...
- Pero, por favor, antes me aceptarás algo de beber, un jugo o una gaseosa tal vez... - (¡Ah! Conque me tuteas de arranque... mala onda...) Bueno, una gaseosa, gracias (pero si juras que con el cuento de la amabilidad ya mismo caigo, te aviso que no te va a ligar ¿ oíste?). Bueno, como le decía, nuestra rev...
- Un momento, antes de eso, dime una cosa... ¿eres de aquí? Porque yo no recuerdo haberte visto antes y una muchacha tan guapa como tú no pasa desapercibida... y, por favor, espero que no me consideres atrevido por decirte esto...

- (¡Ya comenzamos. Así que eres el casanova, el "rico", el "bacán"... Bueno, ni modo, si así lo quieres así será) Sí, yo vivo aquí, lo que pasa es que no salgo mucho...
- Y ¿por qué?
- Bueno... (¿quieres coquetear? está bien, te daré gusto) es que una a veces quiere salir y no hay con quién, así que sólo de vez en cuando...
- Caramba, no puede ser... ¡los hombres en esta ciudad deben estar ciegos!
- (Por favor, Barra, al menos actualízate ¿sí? porque ese cuento lo vienen usando... ¡hace cuarenta años!)
Bueno, como le decía, creo que a su establecimiento le sería muy útil y beneficioso un aviso publicitario en nuestra revista, sobre todo por su amplia difusión, tanto aquí como en otras ciudades (¡maldición! justo ahora que estoy entrando al asunto tiene que venir la gaseosa).
- Sírvete por favor y espero que esté bien ¿tal vez la deseas sin helar?
- No. Está muy bien, gracias, y, bueno, como le decía, a ustedes les conviene anunciar con nosotros por el público al cual llega nuestra revista, que es de primera categoría, un público selecto que busca un hotel como el suyo y que...

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- Claro, claro, entiendo. Pero, por favor, trátame de tú, que te llevo algunos años pero no tantos... y dime, y por favor, perdóname la curiosidad Ana María pero... una chica tan guapa como tú.... ¿,eres soltera?
- (¡Y dale con lo mismo! Okey papito, no hay problema ¿ quieres jugar? ¡Juguemos!).
Sí, hasta el momento estoy soltera ¿,y usted? Perdón, ¿,y tú? Me imagino que es tu señora la de la foto con el bebito ¿,no? (¡ja! ¿ qué? creíste que porque la tienes escondida sobre tu escritorio no la iba a ver? ¡Frito pescadito! Ahora dime a qué te supo... ¡Tarado! Si supiera la pobre la joyita que es su marido...)
- ¿,La foto? ¿,Qué fo...? ¡Ah! Sí...sí...claro, es mi señora, sí... ¡Caramba! Al parecer tienes una vista magnífica, aunque por lo que veo no sólo la vista...
- (Ahhh... Sigues, no te das por vencido...bueno, qué le vamos a hacer, terminemos con esto de una vez)
Efectivamente, sí, tengo buena vista; ahora, volviendo al tema, le estaba explicando que un aviso en nuestra revista sería...
- No pues, no volvamos a lo mismo, hemos quedado en que me trates de tú ¿o ya te olvidaste?
- No claro, disculpa (veo que tú no, pero la verdad yo ya me estoy cansando de todo esto ¿sabes? ¡ya me estás aburriendo! ¿ Qué te crees 7 ¿ La última Cocacola del desierto?) Bueno, el caso es que si compras un aviso a toda página en "Sucesos" te sale 20% más económico que en cualquier otra revista local, y su circulación, como te estuve diciendo, es preferencial. Ahora, si compras un paquete de tres avisos...
-
¡Ay señor! ¿,Porqué me haces sufrir así’? Yo mirando tus hermosos ojos y tú hablándome de avisos... Digo yo ¿Por qué? ¿Qué mal he hecho?
- (Vaya ahora nos pusimos sentimentales ¡diablos! está bien, te voy a tener paciencia, pero te voy avisando que si no me compras un aviso ¡te juro que te despellejo vivo!).
Bueno ¿qué me dices? ¿te facturo un aviso o el paquete de tres que te sale con 10% de descuento? ¡Anímate, es una buena inversión!
- ¿Sabes lo que pasa? Que todo eso está muy bien pero... yo estaba pensando en otro tipo de inversión más agradable, por decir, salir a almorzar con una chica guapa...
- (
¡Ah! ¡de frente! está bien...) ¿A almorzar? Claro, con su esposa, supongo...
- Ja, ja, ja... Espero que no vayas a creer que soy un don Juan o algo así, no, por favor, ni pienses que te falto el respeto, porque no hay nada de eso. No, lo que sucede es que, justamente, mi señora lamentablemente no está en la ciudad, está de viaje con mi hijo hace varios días (¿Ah sí? ¡No me digas!) y a mí la soledad me afecta mucho, me deprime. Y ahora tengo un montón de trabajo, el balance, reuniones con la gente del banco... (¡Pobrecito!) Yo soy un hombre muy casero, muy de mi familia ¿sabes? y encima esto... me desagrada bastante comer solo, ahí en la mesa, yo solito, así es que yo pensaba porque no aprovechar y conversamos de esto en un lugar más agradable mientras me acompañas a almorzar y así no siento tanto la ausencia de mi familia... (¡por supuesto, cómo no!) y, claro, de paso conversamos del asunto del aviso... Además puedes estar tranquila que no te va a pasar nada, estás completamente a salvo conmigo. (¡Sí, claro! ¿ quién lo duda?) Ya te digo, si no fuera por esto del viaje de mi señora no te lo pediría, además... me interesa mucho hacer publicidad en tu revista, de veras, y quisiera que me des detalles al respecto, sobre todo de ese paquete que me interesa mucho...
- (¡Eso! Al menos ya estamos en algo concreto...)
¿Entonces que te parece si te hago un contrato para que lo firmes de una vez? La cancelación es 50% en una semana y el resto, a la publicación de la revista (Ya pues hijito, no te hagas el difícil ¿sí?).
- ¡Qué apurada! ¿,Tienes miedo o qué? Ja, ja, ja. No te preocupes, soy un hombre serio, de verdad, puedes creerme. (Claro papito ¡veinte veces te voy a creer!). Entonces ¿vienes a almorzar conmigo? ¡Anda! No te voy a comer! (Eso es justamente lo que me preocupa!).
El teléfono sonó intempestivamente. (¡Salvada! Al menos así puedo pensar... Y ahora ¿qué hago? Ya la cosa está clara y el tipo está decidido a que le acepte la invitación y yo a punto de que me corten el teléfono. ¡Maldición! Pero si crees que me trago su cuento del "hombre casero" es que no me conoces, pero, por otro lado, pucha ¿ qué voy a hacer todo un almuerzo esquivando a este tarado que se las sabe todas? ¿Y después? ¡Ay! ¿Qué hago?).
-
¡No! Dígale que ya salgo en este momento, no, que no venga para acá, no, no, yo ya salgo ahorita, sí, sí, dígale que me espere, que ya voy para allá, que estoy saliendo.
- (Hummm...parece que nos quedamos sin almuerzo, sin contrato y sin teléfono)
Disculpa, ¿hay algún problema?
- Bueno...este...la verdad sí. Mira, Ana María, parece que me había olvidado de un compromiso importante y tengo que salir en este preciso momento, así que te voy a agradecer que me disculpes, más bien déjame apuntados los datos dé la publicidad y tú número de teléfono así yo te llamo luego ¿sí? Y me vas a perdonar pero yo tengo que irme con urg...

De pronto la puerta se abrió y una mujer muy elegante, aunque un poco subida de peso, entró en la oficina.
- Discúlpame Raúl pero el tarado de Sánchez creo que es, el de Recepción, no quería dejarme pasar no sé por qué y yo necesito que tú...¡ah! estás...ocupado...(¿Qué has dicho? ¡Lo único que me faltaba! No me gustó nada el tono de tu "estás ocupado" ¿sabes? y, para que te lo sepas primero se saluda ¿ya? y por si acaso este tipo es un imbécil con cerebro de un mosquito y no me interesa en lo más mínimo ¿ya?).
- Si...este Lucrecia...la señorita es de la revista ...este "Sucesos" ¿no?...este...mi señora...
- (¡Vaya! ¡Qué rápido llegaste de viaje! Si te dijera Lucrecia el cuentazo que me estaba contando tu amado esposo hace un ratito ¿sabes? Bueno, después de todo me salvas de un apuro así que vamos a tomarlo por su lado bueno y te voy a perdonar tu tonito fastidioso que al fin y al cabo ya bastante debes tener con semejante tarado de marido)
Mucho gusto conocerla señora. Su esposo justamente me estaba conversando de usted...
- ¿De verdad? ¡vaya, que bueno! Aunque... le diré que me sorprende ¿sabe? porque no es su costumbre e incluso, tal vez usted no me lo vaya a creer, pero mucha gente cree que mi marido es soltero...
- ¿Qué? ¡No puede ser! (Na me extraña, hijita...) ¿De veras? Pero si hasta me mostró la foto que tiene de usted y su bebito y lo triste que es no poder pasar más tiempo con ustedes ¿no es cierto señor Barra? (Anda baboso, dile lo triste que es comer solito y la soledad y tanto trabajo ¿ya no te acuerdas? ¡Ay cholito! ¡te agarré! y, cuánto lo siento, pero estás en mis manos ¡qué rico!) Pero bueno, supongo que tienen cosas qué hacer y no los quiero distraer (Te jodiste hijito, vas a tener que almorzar con tu mujercita...) sólo le agradecería señora que me permita un instante para llenar los datos de un Contrato por tres avisos que su esposo estaba a punto de firmarme, si no es mucha molestia...¿Le parece señor Barra?
- Este... claro, claro démelos para firmar...
- ¡Qué ocurrencia! Siga nomás, no se preocupe, que total no es tan urgente, y si ya logró que le acepte no lo deje para después, no vaya a ser que se desanime.
- ¿ Estás loca? Ni en sueños)
Muchas gracias, es usted muy amable (Ay mamacita, ahorita que firme esto tu maridito y después que venga la secretaria o Perico de los Palotes a cobrar que yo aquí no vuelvo ¡ni amarrada!), Ya está, si fuera tan amable de firmar aquí señor Barra y así lo dejo libre para que pueda ir a almorzar con su esposa...(Ya, ya...firma, firma papito, que no te queda otra...¡Buena me ibas a hacer! y yo que casi caigo por el maldito recibo del teléfono y, tú desgraciado, bien sapo que eres, pero te salió el tiro por la culata y ya no te salvan ni los bomberos).

- Bueno, señor Barra ha sido usted muy gentil, le quedo muy agradecida (¡a tu abuelita!) y los dejo entonces. Muchas gracias a usted también señora, mucho gusto conocerla (mi sentido pésame por estar casada con semejante imbécil) y espero que la pasen muy bien La muchacha de falda corta y zapatos de taco alto cruzó el vestíbulo del elegante hotel con paso firme y una gran sonrisa. Cuando el empleado del mostrador la vio salir le pareció escuchar que se reía, aunque no pudo comprender por qué.

LUZ MARIA PEREZ CISNEROS -Trujillo, 1961.
Periodista y narradora
Ilustración: Carlos Sánchez Rosas.